22 septiembre, 2018
AReCIA
“Así sucede en Rundevoll”

“Así sucede en Rundevoll”

Desde el día que me mudé a Rundevoll descubrí algo distinto a lo que conocía hasta ese momento. Antes de esto, vivía encerrado en mi mismo, no conseguía salir de mi habitación. Vivía en silencio, siempre pensativo, con los ojos entrecerrados. A veces una voz llegaba a mis oidos alentadora, reconfortante, pero jamás abrí la boca para responder. Estaba cómodo, en general, en mi propio pequeño mundo. Pero, como a todos, me llegó la hora de cambiar de aire. Fue así como resolví mudarme a este nuevo y extraño lugar.

El chofer del colectivo me miró extrañado cuando le anuncié mi destino, pero no dijo nada al respecto. Pasé al fondo del vehículo y noté la presencia de un pasajero distinto al resto. Sentado, mirando por la ventana, iba un hombre triste vestido de payaso. Con grandes zapatos y una colorida sonrisa maquillada, no disimulaba el aburrimiento que su cara poseía. Parecía más un payaso disfrazado de hombre triste que al revés. Me clavó la mirada, la sostuvo durante varios segundos antes de apartarla completamente, y de algún modo comprendí que nos dirigíamos al mismo lugar.

El viaje se me consumió entre miradas furtivas a la ventana y las anotaciones distraídas que plasmaba en el cuaderno que llevé conmigo. Desde que tengo memoria sueño con ser poeta, con encantar al mundo con métrica perfecta y metáforas ingeniosas, sin embargo, todos mis intentos suelen frustrarse antes siquiera de comenzar a soñar con el resultado. Mi condena es la siguiente: jamás pude concretar un poema, siquiera una estrofa; no importa cuánto tiempo invirtiera en escribir, solo pude crear versos sueltos, copiados en distintos lugares de mi cuaderno. Me desvele noches enteras intentando ensamblarlos, al derecho y al revés, pero nunca logré que se pusieran de acuerdo para alcanzar ni el sentido ni la belleza que yo soñaba para ellos.

Esos versos ocupaban mi atención en el momento en que el chofer anunciaba la parada en Rundevoll. Llegué sin nada puesto, sin equipaje, abandonado a mi suerte, y todo parecía normal al principio. Rundevoll, un lugar como cualquier otro. Hubo gente que se alegró de mi llegada y me recibieron como un vecino más, otros simplemente me ignoraron, y hubo incluso quien me miró con desconfianza.

La primera noche que estuve allí, me la pasé encerrado en una habitación oscura, con los ojos cerrados, recordando nostálgicamente mi antiguo hogar. Pero esta vez, me quedé dormido mientras me preguntaba qué sería de mí en ese lugar.

Desperté con la resaca de un nuevo día. Había dormido muchas horas más de las que pensaba, y el sol ya entraba por la ventana sin pedir permiso alguno. Lo que vi al levantarme me confundió. Los muebles parecían haber cambiado de lugar, las paredes tenían otro color, e incluso creí ver puertas que antes no estaban allí.

Desconcertado, abrí la puerta de mi nueva casa y salí un momento a la vereda: despeinado, mal vestido, con los ojos rojos. Lo que vi me dejó pensativo, autos yendo y viniendo, gente caminando de traje y costosos vestidos, y también vestidos con andrajos. Animales paseando con más cuidado y más dignidad que muchos limosneros. Iban y venían, sin detenerse a ver a su alrededor. Vi pasar al payaso que había encontrado en el colectivo: iba montando en un viejo monociclo mientras hacía malabares con pelotas de colores, con un gran sombrero en la cabeza. Se volteó y me miró, riendo a carcajadas, pero ni siquiera él paró a dar los buenos días. Volví a entrar, pensando en la imagen que se presentó ante mí, y pensé:

“Pues, así deben suceder las cosas por aquí”

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