30 marzo, 2020
AReCIA
“Maratón Dromedaria”

“Maratón Dromedaria”

En el mes de marzo sale a recorrer las calles de la poesía uno de los legionarios de estas páginas: Hernán Lasque, quien larga su “Maratón Dromedaria” desde Neuquén y llegará boqueando en breve a las mejores librerías del país y del mundo.

Acá va un cometario de otro amigo de este amigo que parece que ya lo leyó, o le contaron. Acá va la reseña de Gonza Starota, de este libro editado por “Leviatán”:

 

Las extáticas praderas de la intranquilidad

Si las abejas – cada vez menos- polinizan el mundo, propiciando esa tapicería suntuosa y vital, a la vez diversificada y puntual, la poesía – cada vez menos- haría otro tanto, pero con la lengua.

El jardín dromedario de Hernán viene acompañado de una brisa que propaga una cadencia muy especial: lo urgente. Un aguijón persistente que hace circular sin detener lo que circula, y que signa, creo, la singularidad de estos poemas. Gran milagro lector, oh, prójimo.

Lo que impresiona, más allá de la combinatoria libre propia del habla, es decir, del oído, que rompe el silencio ideal de las palabras, cicatriz de su maestro Zelarayán, es la delicada impaciencia de su marcha. Todo un propósito por elevar las artes de la respiración.

Los poemas roen ese bicho llamado “lectura interior”, hacen saltar su línea de montaje luterana, y nos fuerzan a colocar la voz en una urgencia poética que destroza la culpa del fantasma referencial. Pero esa voz, también, tiene un modo de pasar, de ocurrir. Y aquí está, claro, una de las diferencias con Lamen, primer poemario publicado del autor.

Hernán Lasque va a fondo con su estilo, crea una tangente nueva entre las dos zonas de su lengua poética anterior (pienso, para ejemplificar, en viento y tacto). En maratón dromedaria, el ditirambo, lo urgente, pone a bailar las metáforas en un flujo que sabe tropezar: parte importante del arte de la marcha.

“la oreja puesta en la luminosa lluvia de los aleros

sopesando a ojo las plantas eléctricas de verde”

También coloca loop de algunas baldosas poéticas, que juegan en la visualidad del verso: memoria otra, en filigrana, que disemina el sentido. Otras veces, poniendo unos versos como rotondas, pedazos de soles, que tuercen la marcha del poema, cambian su ritmo, pero también nos clavan en ellas, como si de golpe viéramos que en el mar se pone a nevar.

“Adentro es el laxo lago de las piedras

la humana piedra

la civil-sitiada

ni por un agujero verías como vuela el mar:

una y otra ola sobre otra

dragón turquesa que muerde su cola”

La voz interior, completamente tomada, baja al plexo, para así poder resonar con la música que aprendemos en la danza cinética del poema.

 

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