21 noviembre, 2017
AReCIA
Mehari

Mehari

Mi padre y mi tío arreglaron el Mehari que desde que tengo recuerdo estuvo estacionado en el cordón de la vereda de casa. No le conocía ni el ruido del motor,  nunca le había visto siquiera las ruedas infladas. Cuando el primo Carlos llegó en camioneta con las cuatro cubiertas nuevas y se las colocaron, no podía creerlo. Mamá tenía razón en lo que dicen siempre decía, que el Mehari era el auto más bonito del mundo. No sé si tan así, y aunque particularmente me gustaban también algunos otros, es cierto que era fachero y sobre todo divertido para el verano, tenía como aventura. Yo era apenas una beba de meses cuando papá  dejó que ese auto se quedara ahí, haciéndose paisaje del frente de la casa, llenándose de tierra y agua en cada lluvia, de viento, de hojas, e incluso fuera en un invierno el lugar donde la gata del vecino decidiera tener a sus crías. El verano estaba por empezar. Mi padre y mi tío lo limpiaron, trabajaron en el motor toda una mañana y lo pusieron en marcha. Sonaba a turbinas, ruidoso en comparación a otros autos, pero parejo,  sólido, y después de unos minutos dejó de humear. ¡Había estado apagado durante casi nueve años! El primo Carlos llegó más tarde con las cubiertas nuevas, papá le había dado plata para que cruzara a Salto a comprarlas, eran más baratas, y nada más fácil que milico de aduana para coimear, decían papá y el tío, sin reírse. No entendía mucho a qué se referían con eso, pero no importaba; el auto, funcionaba y era perfecto.

La capota estaba algo deteriorada, cuarteada por los años de intemperie. Y faltaba la puertita del lado del acompañante; el resto, y aunque algo descolorido, estaba muy bien. Lo único nuevo que papá hizo fue poner esa portezuela que faltaba y agregarle nuevos cinturones de seguridad y una radio en la que se pudieran escuchar cd’s. Las puertas del Mehari son chiquitas, y tienen una lona tipo cuero, negra, igual que su capota, y un plástico transparente en vez de vidrios. Al cargarle las cosas que llevaríamos, la amortiguación soportó el peso sin agacharse demasiado. Unos pocos días en la playa, padre e hija, tampoco significaban demasiado volumen de bártulos: algunos alimentos, dos bolsos chicos de ropa, algunas botellas de agua y de vino, una tabla de corte y dos platos, termo y mate, paletas, cuatro o cinco libros, un par de revistas, dos almohadas, dos sábanas, dos mantas, dos sillas, y una conservadora tamaño cajón de verduras, donde viajaban muchas de estas cosas, que serviría de mesita en la playa o en una parada a comer sanguchitos al costado de la ruta.

Viajaríamos durante casi diez horas. Hablamos mucho, escuchamos música y cantamos:

-Decime cuando quieras que pare- dijo papá

-Sigamos un poco más- respondí.

 

La música de los parlantes del Mehari se diluía, se mezclaba, se atomizaba en el aire apenas salía de su cajita. Escuchamos de todo, Visitantes, Miles Davis, Sumo, Raúl Barboza que también a mí me gustaba, Beatles, Pink Floyd, David Bowie, Rolling, Dylan; temas de ruta decía papá, rocanroles, y ponía AC/DC, Pappo, al Indio Solari, Ramones, Motorhead, o se bajaba y volaba a Radiohead, Spinetta, Piazzola y Barboza otra vez, y Davis otra vez, y otra, y otra, etcétera, etcétera Blowing in the wind. A mí me gustaban todos, conmigo llevaba dos palillos verdaderos de batería que un amigo suyo me había regalado, y tamborileaba entre mis piernas sobre el asiento de cuerina negra. El Mehari era lento y sonoro; entre la música, el aire caliente del mediodía entrando por todos lados y el motor, parecíamos ir viajando en el tiempo sin avanzar demasiado, levitar lanzados a noventa kilómetros por hora en un auto lleno de viento; levantábamos la voz para escucharnos, hasta gritar a veces… podría reconstruir con cada palabra el singular diálogo que tuvimos antes de volver:

– ¡¿A mamá le gustaba viajar?!

– ¡Sí, mucho! A todos nos gusta viajar.

– ¡Sí, pero a mamá le gustaba mucho ¿no?!

– Mucho, hija.

– ¡Si querés podemos parar, papá, ahora sí me dio hambre! – papá redujo la velocidad y ya no fue necesario gritar para escucharnos.

– Bueno, en aquél grupo de árboles al lado de la ruta. A la sombra para descansar bien media hora ¡Ya estamos a más de mitad de camino!

– ¿A mamá le gustaba parar a comer al costado de la ruta?

– Sí, y dormíamos un rato panza arriba en el pasto. Una vez nos despertó una vaca, se nos paró al lado a pastar y tu mamá dio un grito, un alarido cortito que me despertó a mí! Teníamos la cabeza de la vaca al lado de las nuestras y nos miraba fijo con su buche de pasto rebalsándole la boca.

– ¡Se asustaron! ¿y cómo es que había una vaca ahí? ¿estaba suelta?

– Sí, se habría escapado del campo, el alambrado estaba más adentro; estaba sola la vaca, como la cubana…

– ¡Como la cubana! (risas)

– ¡Claro! Ahí están los árboles, mira qué lugar.

– ¡Y no hay vacas sueltas! (risas otra vez) Igual a mí no me dan miedo las vacas ¡salvo que esté solitaria y un satélite se le venga encima! (más risas)- Papá fue frenando el auto unos metros fuera de la ruta, en una laguna de sombra de una hilera de eucaliptos.

– En estos campos no sé si hay muchas vacas, hija. Aquella vez fue en algún lugar de la provincia de Buenos Aires, campos donde las hay por todos lados. Esa había pasado el alambrado y no es bueno que haya animales sueltos a los costados de las rutas, es peligroso, no porque sean ofensivos, sino porque se atraviesan en el camino y pueden provocar accidentes.

– Y el Mehari no es muy seguro para chocar contra una vaca.

– ¡Menos que menos contra una vaca! Un solo pájaro desorbitado puede hacer desastres.

– Cuando tuvieron el accidente con mamá ¿en qué auto iban?

– ..

– Yo sé que no queres hablar de eso, pero me gustaría que me cuentes cómo fue.

– ¿Cómo fue qué, Ana?

– El accidente.

– Está bien –dijo mi padre, cobrando de pronto un gesto serio y a la vez blando- tenes casi trece años, preguntar para saber, buscar la verdad, hija, está muy bien. Pero comamos algo y tomemos agua. Hablamos y descansamos panza arriba en el pasto, es la mejor hora; a la siesta, el sol en la ruta se pone de punta y adormece.

 

Hoy tengo veinte años, han pasado de ese día y ese diálogo casi siete y sigo recordando cada palabra, como también el relato perdido y completo que allí al costado de la ruta encontraría en mi padre.

Bajamos y extendimos una lona en el pasto. Caminé unos cuantos metros hacia adentro del campo hasta un arbusto grande y espinoso para hacer pis. Desde allí veía a papá destapar el motor del auto e inclinarse para echarle un vistazo. Después, de la parte de atrás de su asiento sacó un bidón de agua destilada que dejó al costado de la rueda delantera. Visto a la distancia, el Mehari, era realmente hermoso, al costado de la ruta era para mí una postal de viaje, de aventura. A mamá le hubiese encantado estar acá, debo haber pensado en ese momento, porque de pronto se me había venido su imagen y su vida, todo lo que desconocía. Ya había formulado mi pregunta: ¿Cómo fue? Con algunas insinuaciones, mi padre nunca había podido, o no se había animado hasta ese momento, a hablar sobre el tema conmigo. Yo pensaba entonces que, tal vez, lo hacía (o no lo hacía)  temiendo causarme algo malo, o algo peor, dolor, supongo. Y sabiendo ahora la verdad, pienso que hasta fue acertada su decisión de esperar, casi involuntariamente, la situación propicia para hablar de algo tan delicado.

Cuando yo era todavía muy pequeña, apenas unos meses de vida, mis padres, mi tío y mi primo Carlos, fueron una mañana a Salto, Uruguay, dejándome en casa de mi tía con ella pues volverían al mediodía. Mamá era una mujer hermosa. Mi tío, su hermano, apenas puede referirse a ella sin que los ojos se le llenen de lágrimas. A mi primo Carlos nunca le oí decir nada, él tenía doce años cuando ocurrió, y estuvo ahí. Yo, recién en aquél momento, mientras mi padre me contaba, mientras miraba el descolorido auto rojo con el motor abierto, caía en la cuenta de que todo había sucedido allí, y no podía creer cómo no se me había ocurrido antes, viéndolo todos los días de mi infancia parado en la vereda de la casa.

Hacía muy poco que habían comprado el auto y todos los sábados a la mañana salían a algún lugar a pasear, o al río, o al lago, o, como en aquel día, a Salto con mi tío que aprovecharía a comprar zapatillas. Todo fue muy bien hasta que en el camino de vuelta, aún en Uruguay, un auto comenzó a acecharlos desde atrás. Un Falcon. Mi padre manejaba y por el espejo vio que el acompañante del que conducía sacudía un arma, un revolver, con la mano fuera de la ventanilla. Mantuvo la calma y dijo a mamá, a mi tío y a mi primo, que no se dieran vuelta por nada. Aceleró lo más que pudo, consciente de que sería imposible despegarse, sólo por ganar tiempo para pensar y tal vez esperando que todo terminara en eso -¿Uruguayos en un Falcon? No parecía muy probable, eran argentinos, hija -inhaló el aire de la sombra de los árboles y me miró a los ojos, como explayándose en el silencio- Querían robar lo que traíamos,  o lo que creían que traíamos, que no eran más que tres pares de zapatillas que tu tío había comprado; o simplemente jodernos la vida, por desprecio, por cinismo, de puros lacra, Ana. Lacra-

Me dijo que iba a frenar, pero que no le dieron tiempo. Siguió relatándome cómo se le pusieron al costado derecho, por la banquina y amenazando con chocarlos. Iban borrachos, tomaban de una botella de vino y el que tenía el arma apuntaba a uno y a otro indistintamente. Mamá, el tío y mi primo agacharon las cabezas escondiéndose lo más que pudieron -Pero el Mehari es todo abierto y el tamaño del Falcon al lado era como un barco, hija- Contó que él no quitaba la vista del camino. Que sólo cuando escuchó un disparo los miró y vio que el del revolver apuntaba a la rueda, pero por la borrachera la mano le iba y venía a cualquier lado mientras el que manejaba se echaba hacia atrás en el asiento dándole lugar. Un segundo disparo atravesó la lona de la portezuela y le dio en la pierna a mamá, en el muslo, y se sacudió tan fuerte por el dolor que con su costado descalzó la pequeña puerta de lona. Las risotadas se escucharon como si los tuvieran sentados al lado. El conductor del Falcon aceleró adelantándose unos metros y al querer atravesarlo en la ruta para obstruirles el paso, volcó dando una y dos y tres vueltas antes de quedar girando sobre el techo en el medio de la ruta. La maniobra que tuvo que hacer mi padre para esquivarlo hizo que mamá saliera despedida del auto. La bala en la pierna no era nada al lado de las heridas de la caída. El Falcon con el motor prendido giraba sobre su propio techo en el asfalto. No se veía movimiento adentro. Cargaron a mamá en el Mehari y al llegar dos kilómetros más adelante a la aduana la subieron a una ambulancia. Papá fue con ella hasta el hospital, pero llegaría sin vida.

Allí terminó nuestro viaje. Le pedí volver a casa, le dije que estaba bien. Recuerdo que lo abracé y enseguida levantamos las cosas, sacudimos el cuerpo saltando y nos subimos al auto. Volvimos a llenarlo de música. No paramos más que para cargar nafta. Después abandonamos la música y hablamos seguramente mucho  más de cualquier cosa que ni recuerdo, pero viajamos mayormente en silencio, con el aire volándonos en la cara. Me dormí cuando se fue haciendo de noche y no desperté hasta llegar a la ciudad. Al día siguiente, papá llamó al tío por si  quería llevárselo, pero no. Las ruedas nuevas del Mehari también volverían a aplastarse contra el cordón de la vereda, y el rojo a ir extinguiéndose como un paisaje muerto.

                                                                                                               

Hernán Lasque

 

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