20 enero, 2018
AReCIA
Tres extranjeros

Tres extranjeros

Según consta en los anales de Harmonía, el cura párroco Arnaldo Clavel anotó en su bitácora eclesiástica (aunque esto también debe de confirmarse, pues lo sabemos porque lo comenta Emeraldo Soritz en sus Historias de Harmonía, 1947) que, hacia principios de siglo, llegaron al incipiente pueblo portuario tres extranjeros de dudoso historial. Los nombres del terceto se han perdido en la memoria, pero han quedado sus marcas particulares. El primero, que llegó caminando una tarde fresca de primavera con un morral al hombro, tenía por seña una letra X que se le formaba, extrañamente, cuando levantaba las cejas en un típico gesto de asombro o de estado pensativo. En cuanto al segundo, que arribó, según nos cuenta Soritz que anotó Clavel, tres días después bajo una lluvia torrencial, poseía la marca de una Y en el lado derecho del rostro. Era una rara cicatriz que comenzaba en la frente y, bajando por el rabillo del ojo y el pómulo, finalizaba a la altura del maxilar superior. El tercer extranjero que quedó registrado por el buen sacerdote era, nos dice, el más alto de los tres. Se hizo presente en el pueblo otros tres días más tarde que el segundo, en una jornada que estuvo marcada por un gran ventarrón que azotó la zona durante la mañana y casi toda la tarde. Este último venía señalado por una Z sobre la parte izquierda del cuello. No era seguro si se trataba de una cicatriz o de un signo de nacimiento o, posiblemente, una marca hecha por un elemento candente.

            La llegada de estos tres hombres, más allá de sus señas particulares, no hubiera tenido nada de extraño para esa época y en un pueblo donde el movimiento de personas y vehículos terrestres y fluviales era permanente, sino fuera porque, luego de la llegada del tercer hombre, como si se hubiesen ido reconociendo, se reunieron en el almacén general. El cura comenta que en la primera reunión pidieron una botella de caña y la tomaron entera entre los tres. La pagó el hombre con la X y no se los volvió a ver por tres días. Todos creyeron que ya no volverían a verlos, pero reaparecieron vestidos formalmente y cargados con instrumentos musicales. Traían una guitarra, un acordeón, una flauta, un violín y un violonchelo. Así fue que formaron una banda y una suave noche fresca, en el anfiteatro de la plaza central, comenzaron a tocar. El que tocaba la guitarra usaba también una armónica de tanto en tanto. El más alto tocaba el chelo y la flauta. Los pobladores, extrañados al principio de oír música en la calle, pasaban de largo o miraban de lejos. Poco a poco algunos se fueron acercando. Los tres hombres marcados tocaban y sonreían al público. La música era alegre y ligera; no faltó quien se pusiera a bailar en medio de la plaza. El festival duró hasta entrada ya la medianoche.

            De acuerdo con Soritz, Clavel menciona escandalizado que, durante aquella noche, XYZ alborotaron el pueblo con sus instrumentos y aquellos “ruidos” que salían de éstos. Hubiera preferido que fueran simples borrachos, mal habidos que terminaran por marcharse como habían llegado. Pero, y acaso ésta sea la venganza del párroco, no fue así y entonces el hombre de la Iglesia no registró sus nombres, sino que le puso a cada uno una “marca” y una simple letra del alfabeto. Es probable que sí supiera sus nombres, e incluso que no tuvieran ninguna cicatriz o seña. No obstante, Soritz tampoco se anima a contradecir al eclesiástico, alegando que las copias o las hojas que llegaron hasta él no son claras o que hasta pueden ser reproducciones no fieles al original. De todos modos, ha quedado sí el registro de aquella noche extraña en la vida de Harmonía, protagonizada por tres hombres anónimos y foráneos, venidos quién sabe de dónde, y que un abúlico sacerdote se tomó el trabajo de anotar o, ¿será ésta la cuestión?, inventar.

 por Sebastián Bekes

Free WordPress Themes - Download High-quality Templates