“Así sucede en Rundevoll” – episodio 5

              Hace algo de una semana empecé a soñar cosas muy extrañas, que fueron volviéndose cada vez más recurrentes y más reales. Cuando duermo, no solo percibo imágenes o sonidos, como es habitual, sino que también puedo sentir aquello que sueño; y lo siento tan auténtico que a veces me es difícil diferenciar la realidad de Rundevoll de la realidad onírica, creada por mi mente. Es como vivir en un mundo paralelo unas horas al día. Pero ese mundo que tanto me interesa, hace que me extrañe y me pregunte acerca de su insólita naturaleza.   

              Con el pasar de los días comencé a encontrar patrones en mis sueños. Empecé a distinguir  situaciones, lugares y hasta personas que se repetían en mis aventuras nocturnas. En los sueños más benévolos, solía encontrarme con una afable pareja de ancianos en una especie de campo de grandísima extensión. Desde donde estaba parado, cerca de una ermita,  se veían una casa, algunos animales y muchos niños jugueteando. En esta versión del paraíso en mis sueños, los ancianos, con acento italiano, me invitaban a quedarme con ellos al costado de un rosedal. Y a veces aceptaba.

              Otras veces me encontraba con una muchacha de ojos verdes y dulce voz, que siempre me invitaba a seguirla, aunque nunca llegábamos a ningún lugar en concreto. Otro personaje, un hombre venerable, de tez ligeramente oscura y una larga cabellera poblada de rulos, me dijo una vez que esa muchacha era el mismo Diablo. Pero nunca pude ni quise comprobar esa teoría.

              Llegué a pasar días enteros durmiendo, vagando por estos recónditos lugares. Al ver que había ya perdido la noción del tiempo, resolví que debía terminar con estos sueños. Salí a la calle para tomar aire fresco, y quizás a buscar una solución. Fue entonces que me encontré con un siniestro hombre, muy similar al que me había advertido en sueños de la mujer-diablo. Al ver mi semblante pensativo, me interrogó, y no dio muestra alguna de sorpresa o extrañamiento cuando le conté acerca de mi situación. Dijo que mucha gente tenía mi mismo problema, y que era solucionable. Me extendió un frasco con una especie de medicina. Según me relató, me ayudaría a dormir sin soñar, y acepté el ofrecimiento.  Fui curioso y pregunté por el precio, pero el hombre me dijo que en Rundevoll el precio siempre viene por sí mismo.

              Ya caía el sol cuando llegué a mi apartamento. Siguiendo las instrucciones del hombre, ya me había puesto tres gotas del producto del frasco bajo la lengua. Abrí la puerta de mi hogar, y al dar un paso dentro de la casa, todo se volvió oscuridad; el piso desapareció, y comencé a caer al vacío. Cerré con fuerza los ojos, y me sentí ya no cayendo, sino flotando. Al abrirlos, me encontré en una gran y desierta ciudad. A lo lejos divisé a un hombre corriendo, feliz, por la calle. Pensé que me encontraba soñando nuevamente, pero di allí con el hombre que me había dado la medicina. Me explicó que este era el precio a pagar: todos los días, yo sería material de sueño para otra persona. Me dijo que no me alarmara: no importaba cuánto tiempo pasara allí, en la realidad serían solo un par de minutos. Luego me advirtió que el sueño terminaba, y se despidió.

              Desperté, y comprobé que efectivamente no habían pasado más que un par de minutos. Tiré las gotas a la basura con la certeza frustrante de que no existe escapatoria alguna a los caprichos de esta ciudad.

              Cansado del día que había tenido, me acosté en la cama. Y dormí plácidamente la noche entera, sin soñar nada.

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 6

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