“Así sucede en Rundevoll” – episodio 8

              Como ya se podrán imaginar, este mundo de tiempo relativo y criaturas fantásticas (algunos dirán, totalmente loco) acaba por ser hastioso y aburrido. Como la sorpresa constante acaba por no sorprender ni un poco, uno se cansa de andar por las calles siempre cambiantes, con la cabeza gacha y arrastrando los pies, al mismo tiempo que ve de reojo y casi con desinterés los signos y prodigios fantásticos de esta tediosa ciudad.

              La contracara de esos días de aburrimiento asesino fue que pude salir a recorrer los barrios en busca de alguna emoción. Ya no apuntaba a ninguna gran aventura, sino solamente hallar algún pasatiempo. Fue entonces que llegué a esa gran extensión de verde: una plaza inusualmente llena de vida, con pájaros que cantaban y árboles que refugiaban a los ancianos en su sombra. El sol parecía brillar más fuerte en ese lugar que los habitantes de Rundevoll (tan acostumbrados a bautizar parajes de la ciudad con nombres de poética torpe, casi carentes de imaginación) llamaban “La plaza de las mujeres hermosas”. El motivo, además de obvio, era llamativo. Decenas de bellas jóvenes de ojos brillosos y largos cabellos se paseaban por el parque leyendo libros de poesía, llorando o sonriendo por un amor, rompiendo o arreglándose apasionadamente con sus novios y cumpliendo toda clase de otros estereotipos. Además de esto, los habitué de esta plaza sabían pasarse las horas practicando el noble arte de batirse a duelo en el ajedrez. Yo, aficionado al deporte, me acerqué y gasté mi día jugando, derrocando reyes y lamentando reinas perdidas.   

              Pronto me volví adicto al juego. Y quizás, más al hecho de jugar con alguien que al juego en sí. Mi encanto tuvo la imprudencia de crecer más que el desarrollo del mismo juego, y rápidamente me vi careciendo de adversario. Mi adicción irrefrenable me obligó a recurrir a las Mujeres Hermosas que daban nombre a la plaza: ellas se ofrecían a jugar con uno siempre y cuando se estuviera dispuesto a pagar un precio. Fue así que seguí jugando solo con estas señoritas hasta quedarme sin un centavo y sin nadie que se atreva a echarme siquiera una mirada de lástima. En ese momento, me sorprendí de ver que se sentaba frente a mí una agraciada muchacha que comenzó a armar el tablero, adueñándose de las fichas blancas. La detuve, diciéndole que no tenía dinero para jugar,  pero con un ademán me comunicó que ya era mi turno. Y esta muchacha me ganó en el ajedrez tan rápido como se ganó mi corazón, y me citó al otro día a la misma hora, para seguir nuestro juego.

              Así seguí viéndola con la excusa del ajedrez, y pronto me hice más adicto a ella que al juego en sí. Como no podía ser de otra manera, me enamoré perdidamente, pero la realidad es que ella jamás dejó que sus sentimientos se mezclaran con el deporte. Era una jugadora voraz, y yo un pobre hombre que regalaba el corazón en cada jugada.

              Quizás el juego, quizás la ciudad, la fueron extenuando. La vi envejecer años en semanas, mientras se consumía el brillo de sus ojos. Al final, ya ni siquiera tenía ánimos de ir hacia la plaza.

              La última vez que la vi la encontré jugando con otro, que la maldecía por lo bajo cada vez que jugaba. Ni siquiera intentó excusarse, y yo me fui para nunca más volver, pensando que sería mejor a partir de ahora jugar a las damas: preferible eso a que alguna dama juegue con uno.

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 9

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