No hay fin siempre hay más – Capítulo XIV

Desde los quince hasta los treinta y siete años, Sol se había dedicado a las pasarelas. Vivía de eso, y de la herencia que obtuvo cuando sus dos padres, jóvenes, murieron el mismo año. Al igual que Pilar, era hija única. Además de obtener múltiples condecoraciones en convocatorias, concursos y certámenes de belleza, Sol era reconocida, entre los habitantes del pueblo, por la protagonización que había llevado a cabo en las únicas dos películas producidas y filmadas allí. La primera, hecha por sus amigos, hippies con plata que fumaban porro y tomaban cerveza todo el día, que también eran protagonistas; esbeltos, rugbiers, bien cuidados. Le pagaron a un productor y director de Buenos Aires para que la hiciera. Después, se reprodujo en el Anfiteatro Municipal, un año entero, intercalada con otras películas que venían de las grandes ciudades, y se hicieron varias copias caseras en casete que fueron distribuidas de forma clandestina. Llegaron a venderse antes, o después, de los recitales. La segunda, hecha por un joven paranaense, estudiante de cine en Rosario, que había ganado una beca para montar una película. Eligió Concordia, que todavía era pueblo, porque no había otro lugar que conociera mejor. Este joven cineasta, Nicolás Monzalvo, no era de los que se quedan prendidos a las barbas de una ciudad hasta absorberla por completo; más bien seguía siendo de Concordia, volvía todos los fines de semana, sus amoríos y amistades andaban repartidos cerca de la casa de sus padres. Sol ya era reconocida, a nivel local y provincial, como una de las mejores, es decir de las más hermosas, modelos y actrices. Sí, se había adjudicado la carta de presentación de actriz después de haber grabado la película con los hippies, Amanecer en San Carlos, se llamaba. Pero a los treinta y siete tuvo que abandonar su fragante carrera, porque nació Pilar.

Arruinada físicamente, después del parto, Sol no solo abandonó las pasarelas, sino que también entró en picada en una depresión profunda que le hizo adelgazar los kilos que había ganado con el embarazo. Las dos iban el mismo día al médico. Primero, Sol la llevaba a la pediatra, y después iban hasta lo de su psiquiatra. Antidepresivos y ansiolíticos, le dijo la primera vez que fue. Pilar abría los ojitos, despertándose sobre su regazo. Del ojo verde, a Sol se le cayó una gota que humedeció su vestido azul. Tenés un cuadro de ansiedad y depresión, le dijo también ese día. Dame las recetas y me voy, le contestó Sol, devastada. El psiquiatra la fulminó con la mirada. Escribió las recetas y se las extendió. Ella tiró la plata sobre la mesa y, con la nena en brazos, salió esperando no volver nunca más. Pero pasó una semana, y Sol tocó el timbre, desesperada, con Pilar en brazos. Acababa de salirle sarpullido en la cara, lo había notado mirándose en el espejo retrovisor, después de que la pediatra revisara a Pilar y le dijera tu hija está bien, pero va a ser lenta, le va a costar un poco más que a los demás aprender. Aprender qué. Lo que está bien y lo que está mal.

El auténtico soñador saborea imágenes fantásticas, se demora en los detalles minimalistas de lo cotidiano. Es un fugitivo del pasado que escapa hacia el futuro. Para él, no hay diferencia entre el campo y la ciudad. Puede estar en el campo, mirando el sol esconderse entre las copas de los árboles del monte, esparciendo su nitidez amarilla, o en la ciudad, entre los grises edificios, encajado en un departamento, sintiendo la neblina que viene del río, que se esparce por las terrazas y los intersticios del cemento, así como los rayos del sol, proyectándose hasta el límite de lo posible. Qué importa la libertad de la naturaleza, qué importa el encierro de la ciudad, para el auténtico soñador cualquier espacio es extensivo, un centímetro se multiplica hasta llegar al kilómetro. Un monoblock es un castillo medieval, un árbol del monte es el edificio más alto de la ciudad, una navaja es un sable, los libros son planetas civilizados que se autoabastecen, una rotonda es un agujero negro que conduce al Infierno.

No hay forma de permanecer inmóvil. Mientras el cuerpo del auténtico soñador está reposando, despierta o no su mente, la imaginación explota, se distribuye entre miles de cauces que disipan cualquier criterio posible de realidad, y la mente del auténtico soñador bracea los remos de miles de botes que cruzan los cauces, miles de botes y auténticos soñadores y de cauces que se traducen en historias fantásticas. El pecado de la inverosimilitud, en materia narrativa, para el auténtico soñador, es un asunto menor. La falta de correspondencia con la realidad es el punto de culminación de los cauces, el río que los reúne. A partir de ahí, el barquero, que siempre fue uno, pero que luego se multiplicó, vuelve a estar solo, y eso le basta para comprender que todas las historias son una y que cualquier análisis es vano. La articulación entre el realismo de las historias, y la potencia que al carácter inverosímil, pero no por eso menos real, a las historias, son las armas que el auténtico soñador se sirve para moverse, siempre libre y en permanente fuga.

Se demora en los detalles minimalistas de lo cotidiano y extiende la percepción, genera imágenes fantásticas que exceden lo real. El soñador auténtico, encerrado en la ciudad o liberado en la naturaleza, vive en un mundo creado por él. Soñado, mejor dicho. Y como sus sueños son invenciones eternas, y lo eterno es a la vez cambiante e igual, los mundos que habita el soñador auténtico están siempre en expansión, en constante cambio, aunque en el fondo sean iguales; lo mismo con las historias que cruzan por su mente. El tiempo es un perpetuo continuo, donde todo se dispersa en cauces para volver a reunirse en un solo río. No hay atrás, hay adelante. Afuera, en el cuerpo, y adentro, en el alma, el auténtico soñador atesora el saber humanístico por excelencia. Sabe que es uno, pero también el Universo. Donde los ejercitadores del espíritu terminan, el soñador auténtico empieza.

Felipe Hourcade

Capítulo XV

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