No hay fin siempre hay más – Capítulo XVII

El Infierno es como una sala de espera para los espíritus. Se parece al largo sueño de los hombres, empezó el ojo siberiano. El Infierno puede ser un lugar de transición o el último derrotero de un espíritu. En principio, eso depende de Satanás. Él tiene que dictaminarlo, además de encargarse de los trámites burocráticos correspondientes a la migración de los espíritus. Pero siempre está demasiado ocupado en, ya sabés… drogas, sexo y rocanrol. Así las cosas, continuó el siberiano y puso las manos sobre sus rodillas, tenemos el campo despejado. Solo hay que, y acá reside el mayor de los inconvenientes, aunque también el único, entrenarlo bien. Los dos ojos miraron al unísono a Martín. Tenía los ojos en blanco, le chorreaba un hilo de sangre por la boca y se había cagado encima de los pantalones. Te decía que la muerte, o más bien la espera en el infierno, siguió el siberiano, es como un largo sueño. Por la mente de Martín, ese carozo de aceituna, están sucediéndose, ahora, millones de imágenes oníricas. Bien, escuchame atento, lo que tenés que hacer vos es meterte adentro de esas imágenes e intentar comunicarte con alguien del Mundo. ¡A Pilar! pensó el ojo de Moro. A esa persona le tenés que decir de encontrarse en algún lado, y se lo tenés que decir a través de un sueño. No, no existe otra alternativa. Después, en el momento pactado para el encuentro, dirigí las imágenes oníricas de Martín, tomá el control, agarrá el volante y conducí de modo que se corresponda, esa dimensión, con la realidad del Mundo, que es otra dimensión. Y entonces, cuando veas a esa persona con la que te comunicaste, saltás de un plano a otro, de una dimensión a otra. Del Infierno al Mundo. Volvés. ¿Alguna pregunta? concluyó siberiano, con las piernitas cruzadas. 

            —Sí —respondió el ojo de Moro—. ¿Cómo hago para meterme en los sueños de Martín?

            —Mansa pavada —dijo siberiano—. Solo tenés que hacer esto.

            Saltó del hombro a la oreja de Martín y, acomodándose arriba de la nariz, arrancó uno de los ojos en blanco, lo tiró al piso, donde se incineró al instante, y se metió en la cuenca vacía. Sacó un brazo y saludó al ojo de Moro. 

Felipe Hourcade

Capítulo Final

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