21 octubre, 2020
cuidarte es cuidarnos
Un suicida fallido

Un suicida fallido

– Bueno, ¿y qué lo trae por acá?

– Intenté suicidarme.

– No diga.

– Sí.

– Ya veo… ¿y por qué?

– No sé.

– ¿Cómo que no sabe?

– No sé, no me acuerdo.

– No me diga que está amnésico.

– No.

– ¿Cómo se llama?

– Juan Ramón.

– ¿Qué? 

– Adalberto Raúl Julián…

– Pero, ¿cuántos nombres tiene?

– No recuerdo, digo lo primero que me viene a la mente.

– ¿Y qué le viene ahora?

– Que usted tiene mal aspecto.

– ¿En qué sentido? ¿Como de enfermo?

– Digamos…

– Para haber intentado suicidarse no está muy lastimado.

– Es que calculé mal y caí sobre un árbol, lo que amortiguó bastante el golpe.

– Ya veo… ¿cómo se siente?

– Bastante bien.

– Bien. ¿Todavía no recuerda por qué se tiró?

– La verdad, no.

– Bueno, no importa, ya averiguaremos.

– ¿Y ahora qué?

– ¿Qué de qué?

– Que qué sigue.

– Ah, rutina, lo de siempre. ¿Quiere dar un paseo?

– ¿Por dónde?

– Por las nubes… ¿por dónde va a ser, hombre?

– Sí, claro. No, disculpe, lo que pasa es que aún estoy un poco confuso con esto del suicidio, digo, con el intento de.

– Sí, sí, comprendo, no se preocupe. Lo entiendo perfectamente. ¿Viene, entonces?

– Sí, claro, me hace falta un poco de aire fresco.

– Por supuesto, ¿cómo dijo que se llamaba?

– Luis Carlos.

– Ah, sí. Entonces, Javier, ¿qué le parece?

– ¿El jardín? Muy lindo. La verdad, muy lindo. Se ve que lo tienen bien cuidado. Los canteros con flores, y el césped recién cortado.

– Tal cual, ni que fuera el Jardín del Edén.

– Ajá, sí. Quién sabe cómo será, ¿no?

– Sí, quién sabe.

– Y esos árboles, ¿de qué son?

– Son frutales. Hay de todo un poco: durazneros, naranjos, manzanos, perales, y así. Hasta un par de more-ras.

– ¿Y ese grande de ahí, en el centro?

– Ah, ése es el Árbol del Bien y del Mal.

– Ajá, sí…

– En serio.

– Sí, y yo estoy muerto y enterrado y éste es mi espíritu.

– Ni más ni menos.

– No bromee…

– Está bien.

– ¿Y usted cómo se llama?

– Pedro.

– Me está cargando.

– No, ¿por?

– No, por nada, disculpe.

– ¿Qué pasa? ¿Qué piensa?

– Nada, no sé, estoy confundido. Es que por un momento creí que se burlaba de mí.

– No, para nada, para nada.

– Y esa gente, ¿qué hace por acá?

– Algunos trabajan, otros sólo pasean y se divierten un poco.

– Qué raro…

– ¿Por qué?

– No sé, nunca hubiera pensado que en una comisaría hubiera gente divirtiéndose. ¿Por qué sonríe?

– Bueno, lo que pasa es que ésta es una comisaría especial.

– ¿Cómo?

– Es sólo para gente que se… que intenta suicidarse.

– Ah, ya veo.

– ¿Le gusta entonces?

– Sí, sí, muy bonito, muy bonito. ¿Cuándo podré ver a mi familia?

– Eso va a demorar. Comprenderá que usted ahora está incomunicado.

– Ah, cierto, claro. Pero, ¿por cuánto tiempo?

– Eso depende.

– ¿De qué?

– De varias cosas.

– ¿Por ejemplo?

– Bueno, de cómo se adapte usted al lugar, cómo responda al tratamiento…

– ¿Tratamiento?

– Claro, no pensará que está aquí de paseo. Después de lo que usted ha hecho, necesita pasar por un tratamiento para recuperarse y para asegurarnos de que no lo vuelva a hacer, ¿comprende?

– Eso creo. Pero, digo, quién les asegura que no lo volveré a hacer nunca más.

– Bueno, para eso es justamente el tratamiento. Además, le haremos pruebas y más pruebas para cerciorarnos por completo. No se preocupe, sabemos lo que hacemos, tenemos eones de experiencia en este asunto.

– A usted Pedro sí que le gusta usar palabras raras: eones, Árbol del Bien y… pero otra vez, dígame, ¿de qué cornos se ríe, eh? Oiga, hey, no se vaya, hey, ¿qué es tan gracioso?

por Sebastián Bekes

 

 

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