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Bazooka

Las nietas del japonés fumaban tres cigarrillos sueltos, uno cada una y el tercero a medias, subiendo y bajando, parándose una por vez o las dos al mismo tiempo, sobre la rodaja de un tronco en el centro del patio. Cubrían los cigarrillos de la lluvia, ahuecando la mano. Una de ellas quería acostarse con él, que si estaría, al otro día, en la mañana, que si él quería, le había dicho.

A la mañana siguiente, bombacha y remera, sentada sobre sus piernas, dijo que no quería, que estaba tranqui, que la lluvia a veces, que si no tenía una tuca. Que sí, le dijo él. Sobre la mesa. Ella se paró y fue hasta la mesa y la remera se le levantó apretada con el elástico de la bombacha. Una bombacha redonda, que le  cubría el culo por completo. Una bombacha con dibujitos japoneses. Me gusta -le dijo él-, gracias, a mí tu cara de dormido –contestó-, ojos cerrados.

Después de fumar, sola, volvió a sentarse sobre sus piernas. Que no sea tonto –le habló en la boca- que tenía algo mejor para empezar el día, y empezó a chuparle el ojo izquierdo como si fuera una bolita de chupetín, diminutos círculos, lamía su párpado y movía el peso de su cuerpo sobre sus piernas. La saliva empezó a bajarle por la mejilla, varios minutos estuvo así antes de pasar al otro y hacer lo mismo. Con la erección, sin mover otra parte del cuerpo, la levantaba en pequeño subibaja, ella emitía  gemiditos y continuaba con su ojo (ya era suyo), sus labios, su lengua, bazooka de manzana.

Le abrió el pantalón y dijo que olvidó lavarse los dientes, que al chicle lo tenía en la heladera de la noche anterior, que siempre lo hacía, desde chiquita, masticarlos y guardarlos en la heladera para el otro día, que el abuelo ya no la dejaba, que se habían venido ella y su hermana a vivir con él porque sus padres no las aguantaban más, que a su hermana también le gustaba besar en los ojos y que lo hacía muy bien, que incluso entre ellas se excitaban mucho de esa manera, mutuamente, que si él quería la podía ir a buscar pero que estaba durmiendo y no aseguraba que quisiera justo esa mañana, que la lluvia también la bajoneaba, que las hacía extrañar, que les daba nostalgia, o melancolía ¿cuál es la diferencia? preguntaba sin esperar respuesta. Continuó con que allá había dejado un novio que tenía la misma edad que él, y que cada vez que hablaban le prometía que vendría a visitarla, pero que el viaje era muy costoso.

Su mano subía y bajaba, los dedos, a veces, de su otra mano, contorneaban las venas azules y daban ligeros pellizcos, antes de zambullirse fatalmente entre sus rodillas.

 

        Hernán Lasque             

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