25 octubre, 2020
cuidarte es cuidarnos
Círculo recto

Círculo recto

Voy en moto. La ruta entra de lleno en una ciudad, se vuelve avenida y enseguida calle, una calle que se mete más entre las casas. La ciudad parece amplia, no grande. Las fachadas de las casas se repiten iguales una pegada a la otra, todas las puertas tienen al costado un banco de cemento amurado al piso y la pared. El aire una bruma uniforme. La calle de adoquines lisos y regulares toma curvas a izquierda y derecha, indistintamente, sin intersecciones, ¡círculos imperfectos! ¡encerrojado! De marchar-marchar-marchar el círculo recto del sueño.

Freno porque pasa un grupo de personas, ¡de qué caras!, grotescas como de ácido, como las del video de Black Hole Sun de Soundgarden. Perturba. Vuelvo a moverme para que todo vaya quedando atrás, arremolinado ¡como todo a los costados de la ruta cuando se va, se va, se va! A la ruta, volver. Pienso así allí dentro, con ese lenguaje: a la ruta, volver ¡salir!; me hablo desde fuera del sueño (Yo): a la ruta, volver, quiero, la ruta. ¡RAmm! la moto, ¡ramm-raAAmamm! Busco los carteles verdes y no aparecen ¡carteles VERDES, viales! que me lleven al camino abierto pero no, no los encuentro y a cambio la calle se pone más angosta, un pasaje inconcebible de estrecho por el que sólo una moto podría, a paso de hombre pasar y paso, rozan los manillares con los frentes de las casas, las ventanas, mis rodillas con los banquitos de cemento amurados al costado de las puertas. Una se abre y atravieso la casa y luego otra, la moto raaAmm, ruge como un león metálico en los interiores, que más de cuatro, cinco y de pronto una nueva callecita raspando paredes y en el piso escalones de piedra, alcantarillas desdentadas, restos como de animalitos ¡olores que se ven,  que no se huelen! Hundido en el sueño, creo que también yo (Yo), ronco-rosco una queja en la respiración, un disgusto. Giro alrededor de una piedra en el medio como una rotonda y el camino se abre. Me veo salir; me veo en la moto como si viera otro individuo de lejos. Me veo otra vez fuera, en la calle, pero con el mismo desconcierto. Pronto vuelvo a ver-ser yo desde la moto: imposible descifrar el dibujo de la ciudad ¡hacia dónde ir para retomar la ruta! La calle se vuelve a hacer ancha, avenida vacía. Retuerzo el acelerador y me desparramo en los adoquines que por suerte, lisos y resbaladizos. ¡Resbalo! la moto tirada a unos metros está prendida, me deslizo y la monto de costado. Acelero. ¡Retuerzo! La calle avenida llega a un tramo en el que empieza a serpentear dentro de lo que parece ser una feria ¡allí había estado toda la gente!; voces ¡aglomerado murmullo fiero de hienas! Aprieto otra vez el puño. Los carteles viales verdes, por fin, no lejos; pero la calle vuelve a la izquierda, los carteles vuelven atrás. Topo con vías y vuelvo a frenar por dos tipos que van caminando, que llevan algo como en camilla. Espero como si esperara a que pase un tren; tienen en sus caras el mismo gesto idiota de los otros. Pasan, giran y me tiran encima un perro negro dormido que al rodar al piso se para mordiéndome dos dedos de una mano y lo miro y le gruño y los dos idiotas ríen y de pronto vuelven a ser muchos y en el medio una mujer con los pelos en la cara ¡la muda! y  el perro que aprieta ¡pero no lastima! no sabe morder, pobre pato. Colorín colorado.

 

Hernán Lasque

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