25 octubre, 2020
cuidarte es cuidarnos
Cuando llegan las vacaciones

Cuando llegan las vacaciones

Cuando llega el tiempo de las vacaciones a mí me entra como una especie de bajón anímico-espiritual. Entonces me pasa que no logro hacer lo que quisiera poder hacer cuando no estoy de vacaciones. Sé que es un tanto contradictorio, pero no deja de ser así. Es como si el hecho de no tener que cumplir horarios me creara un vacío que no consigo suplir con otras actividades, por ejemplo tomarme el tiempo para hacer lo que me gusta, que es escribir cuentos. Entonces también me empieza a ocurrir que veo hienas que lloran sin consuelo por la carroña futura, lobos que le aúllan al sol, monos que no se rascan ni hacen monerías, lloro de risa y río de llanto, me veo atrapado a campo abierto, y en pleno verano comienzo a sentir frío, y si es en invierno, se me hace que siento calor. Y así se me van yendo el tiempo y las horas, y cuando quiero acordar ya es época de volver al trabajo, y vuelta a comenzar, y las quejas, y las críticas, y aguantarme a gente que no quisiera tener que soportar pero debo hacerlo por aquello de “de algo tenés que vivir”, siendo que yo sé que de algo tengo que vivir, pero no justamente de eso que significa tener que, entre otras cosas, tolerar a personas con las que no me llevo, ni me vengo.

            Los días de sol y de lluvia se me amontonan como locos, y no respondo de ellos. Vienen y se van como si tal cosa, y yo no logro retenerlos. No es que quisiera apresarlos conmigo para siempre, pero sí, aunque más no sea, tener un recuerdo de ellos, algo como una noción de que en algún momento pasaron y ocurrieron. Y así también, en general, me viene sucediendo últimamente con cierta gente, que se me va de la vida o de la cabeza como el agua por la tubería, y pareciera que nunca más volverán. Esto me apena, me entristece, y me genera una melancolía que no puedo controlar. Por otro lado, de vez en cuando me ocurre que, al escuchar algo en la radio, o al sentir algún olor particular, vuelo  inmediatamente y sin escalas a la infancia, y entonces se me suceden un montón de imágenes y sensaciones que solía tener ante ese sonido o ese olor. Por ejemplo, si una tarde de domingo alguien está escuchando por radio un partido de fútbol, en seguida me acuerdo de mi padre en el jardín de casa, carpiendo el césped y removiendo la tierra de los canteros, sacando yuyos, tratando de mejorar y cuidar las plantas, sus plantas. Y después de un rato que él estaba en aquella tarea, que no dudo que él utilizaba también como distracción, llegaba yo con algún problema o alguna cuestión de tipo metafísica, o astronómica, o acaso más mundana, y lo abordaba con preguntas y planteos, y él, sin dejarse vencer, iba contestando cada una de ellas, a veces con lo que él sabía, y otras, lo sé ahora, simplemente pergeñando alguna respuesta plausible o alguna historia convincente que viniera al caso.

            Esto me pasa, que se me apilan los recuerdos y me asaltan ante algún mínimo sonido, olor o visión. Y lo mismo con aquella gente que siento que se me va yendo, y no logro retenerlos, a algunos no por una imposibilidad real, sino más bien personal; quiero decir que bien yo podría, tal vez, hacer algo para retenerlos, para retomar ese contacto, y sin embargo, no sé, hay una cierta pereza, un cierto desgano en mí que no me permite actuar.

Y así, simplemente, los dejo ir.

por Sebastián Bekes

 Nos seguimos cuidando
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