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Música de las esferas

O se escondía  entre los cajones y la basura del fondo, o se escabullía por entre las plantas y el alambre; se iba. Se iba hasta el río. Solo. A los caballos los dejaba y volvía a buscarlos después. No aguantaba quedarse ahí como si nada, ¿para ver qué?, ¿para ver qué y no hacer qué? El río lo calmaba con su desplazamiento pesado, lo serenaba. –El sonido de la tierra girando en el universo es un sonido de agua, de océanos, ríos, la música de las esferas- pensaba mientras lo miraba.

A los caballos no sólo había que darles agua, también, buscarles un campito donde comer; y esto era tarea de todos los días. Se ocupaba él de los dos pingos huesudos y mal dormidos, moviéndolos para un lado y para otro, buscando algún espacio donde hubiera buen yuyo y pasto y quedándose con ellos para que no se los robaran, sobre todo cuando los llevaba a refrescarse al río. Él se tiraba a la sombra de los sauces y eucaliptos, pensando siempre el sonido del agua, su ligereza líquida, su color mercurio en algunas lunas.

Los dos hermanos chicos volvían en plena siesta, después de la vuelta por casas de siempre, de pedir si algo sobrara del mediodía. Él preparaba el carro y los caballos para salir más tarde junto con ellos. Recorrían hasta donde se podía, hasta donde los milicos y otros pibes con otros carros se lo permitían.

Él sí conocía el Silencio, había ido caminando. Tenía que pagar con algo si quería entrar con el carro. Los gurises no lo conocían y siempre le pedían para ir. ¡Ustedes porque son locos! les decía y se reían los tres. Juntaban cualquier cosa para sacar unos pesos, ligustrinas cortadas y pasto de las casas, ramas secas, cartones, botellas, basura, tierra de las cunetas con las propias manos… changas.

 

La rabia le agarraba a la siesta con el padre, más todavía sí este caía con alguna mujer. A la madre la había echado a las patadas una noche, a las pedradas gritándole que si volvía la iba a cagar a puñaladas. Después de eso la vio dos veces, no más, porque se había ido lejos y porque ya tenía otro marido también. La última vez, la encontró embarazada. Él nunca una lágrima, ni un nudo en la garganta. Pero sí la rabia, que le agarraba a esa hora de la siesta cuando el padre golpeaba todo y les pegaba cachetazos a los gurises. A él, que era más grande, le metía con los puños en la panza -Pa’ que teagás hombre y no seas tan maricón- le decía y él, ni una palabra.

 

-El sonido de la tierra girando en el universo es un sonido de agua, aquí dentro en mi esfera, también, música en silencio; mi lugar como el del agua de un vaso en un río- pensaba mientras lo miraba desde los eucaliptos…

Desde ahí vio a los gurises entrar en la casa, bolsita de nylon jeteada de tantos días y tanto guiso de arroz que Doña Blanca siempre daba. Atrás de ellos el padre, zigzagueando. El follaje de los eucaliptos se confundió con el viento en una música diabla. Miró sus caballos en la orilla. Agarró las riendas y fue a la casa.

 

Volvió enseguida, a serenarse y soltar las imágenes, las ropas de los gurises en el piso, los dos en la misma silla uno encima del otro y  el viejo parado ahí, agarrándose, diciéndole puto de mierda y él apretarle con la rienda el cuello, quemándose las manos, apretar hasta tumbarlo, tumbarlo hasta hundirlo como a silencio en la boca, como los caballos sus patas en el agua, náusea verde en la garganta, como el viento en los árboles, la rabia en horas de la siesta, un carro en el Silencio.

 

 Hernán Lasque

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