“¿Qué baila conmigo cuando bailo?”

Danza y Educación Sexual Integral:

Entrevista a Soledad Chertin |

Por Fany Postan |

              Convoqué a Soledad Chertin – bailarina, performer y directora escénica de Concordia – para la segunda entrevista con público de Futuraíz. Nos encontramos el lunes 6 de diciembre en Cuarto de Luna, centro cultural y espacio de movimiento gestado y dirigido por ella, ubicado en Barrio Puerto. Soledad además es docente y yo soy su alumna. Las dos sentimos la necesidad de conversar abiertamente sobre sexualidad, en el sentido que le da la Ley de Educación Sexual Integral (ESI): vínculos, cuidado del cuerpo, tabúes, prejuicios, placer… Según la ley, los contenidos se deben trabajar desde nivel inicial. Lo que no se habla mucho es sobre ESI para personas adultas. Nos estamos reconociendo como seres sexuales, y como todo lo humano, esta construcción es subjetiva y colectiva. “Estamos hablando de auto-percibirnos. Tenemos que dar herramientas a estas necesidades y la danza se adapta muy rápido a ellas“, dice Soledad.

              ¿Cuándo comenzaste a bailar y en qué momento te encontraste con esta interpelación a la sexualidad como bailarina y docente?

              La danza viene conmigo desde que soy muy chica. El movimiento arranca siendo fuertemente mi lugar de expresión. La danza empezó como un juego, como toda niña investigando desde el movimiento. Pasaba muchas horas mirándome al espejo. El espejo como lugar de encuentro y de reconocimiento donde una empieza a investigarse y a mirarse como identidad. La danza me acompaña toda mi adolescencia acá en Concordia. Después a los 18 años tuve otros intereses… En Concordia, para 4to y 5to año de la secundaria hay reservada mucha fiesta. Las bailarinas que veníamos muy metódicas y disciplinadas entendimos que si seguíamos con esa disciplina nos perdíamos la fiesta de los estudiantes. Ahí dije “no, dejo la danza”. Ya había cerrado clásico y me interesó más empezar a relacionarme con mis compañeros, hacer una vida más social, porque hasta ese momento mi vida era la danza. Me fui a Buenos Aires, dejé de bailar por muchos motivos que me alejaron. Siempre con muchas ganas de volver y no me animaba. Nunca dejé de hacer actividad física, estudié una carrera universitaria. Mi vínculo con la danza fue muy claro cuando nació mi primer hijo, Santi. Tuve una revelación: “yo no quiero decirle a mi hijo que yo quería ser una bailarina. No, quiero hacerlo.” María Fux fue mi primera maestra, me acerqué a ella y se me despertó de nuevo el deseo de bailar, el deseo de bailar de esta manera y no de otra.

              ¿Cómo me vinculo yo con la danza? Completamente de otra manera que cuando era niña. No ya los deseos que tenía de ser la mejor bailarina, sino la idea de permanecer en la danza. Para mí la danza o el movimiento están relacionados completamente con el deseo. Fue muy fuerte el deseo para lo que yo llamó el devenir de mi carrera. El deseo de permanecer, de seguir haciendo y que ese hacer traiga otro hacer y otro. Cuando tomé la decisión de volver a bailar fue para quedarme para siempre. No tenía deseo de convertirme en docente, yo quería bailar. Una cuando es niña se prepara para ser bailarina del Colón o el San Martín. Yo quería bailar, nada más. María me muestra un mundo que era desconocidísimo para mí que es la danza terapia. Hice casi un año con ella, después tomé muchos seminarios y ese es uno de los métodos que más me abrazó. La danza terapia. Y lo relaciono completamente con el deseo porque ahí se me despertó. Para mí la danza o el movimiento están relacionados completamente con el deseo. Fue muy fuerte el deseo para lo que yo llamó el devenir de mi carrera, tuvo que ver el deseo de permanecer, de seguir haciendo y que ese hacer traiga otro hacer y otro.

              Salir en la comparsa fue para mí el primer encuentro con Concordia (luego de muchos años en Buenos Aires). Cuando me encontré con ese máximo de exposición, cerré los ojos y me olvidé de que estaba en Concordia. Fue atravesar todos los prejuicios que tenía con mi cuerpo y conmigo. Mostrarme de otra manera. Creo que todo eso está relacionado con el vínculo de mi cuerpo con la sexualidad y cómo yo lo estaba viviendo, con los tabúes que vamos formando. Ahora que pienso elegí Concordia. Primero había salido en Monte Caseros, Gualeguaychú, pero cuando me enteré de que era acá, quise vivir esa experiencia acá. Creo que todo eso está relacionado con el vínculo de mi cuerpo con la sexualidad y cómo yo lo estaba viviendo, con los tabúes que vamos formando.

              Llegué a Concordia y enseguida se me despertaron las ganas de compartir un espacio para todo aquel que siempre quiso bailar y nunca se animó. Y esa fue la primera convocatoria. Ahí empecé a aprender con los cuerpos que me llegaban. Yo agradezco a toda esa cantidad de gente que se me sumó. Diversidad total, de edades, cuerpos y experiencias. A mi cabeza vienen muchas personas que me dieron el material necesario para que hoy yo esté haciendo lo que hago. Desde que asumí la responsabilidad de ser coordinadora de un espacio de movimiento, el punto de partida fue entender que eso que yo había transitado con mi cuerpo, no iba a permitir nunca que alguien lo transite en mi espacio. Que nadie reciba una mirada de prejuicio o de señalamiento del “no podés”. Al revés. Transformar el no puedo como mandato, en el sí puedo, sí que puedo bailar, sí que no necesito tener ciertas características para eso.

              ¿Qué diferencias encontraste entre esos cuerpos “no bailarines” y aquellos que se adecúan desde pequeños a métodos como la danza clásica?

              La danza clásica lo que tiene de particular es un cuerpo cuyas características no todo el mundo tiene. Ciertos requisitos a cumplir. Y por eso es muy elitista y deja afuera a muchos cuerpos. Si creo que la danza clásica es la base de todas las danzas, pero no es la única. Entonces pareciera que la carrera de una bailarina se corta si no tenés condiciones. Y es muy macabro el sistema. Está relacionado con el sacrificio y el dolor. Eso no hay que negarlo, la danza duele porque la vida duele. Lo que pasa es que no nos enseñan a habitar nuestros propios dolores. Yo me voy acercando al dolor reconociendo mis límites de hoy.  Yo abrazo la danza porque con ella tuve las primeras experiencias de dolor. Y mi umbral de dolor fue creciendo a partir de trabajar y permanecer en ese espacio. ¿Cuál es el problema con el dolor? El dolor tiene mala propaganda. De hecho todos las publicidades en la calle son para anestesiar el dolor. Eso es negarlo. Una de las herramientas que a mí me interesa es el auto-conocimiento, los límites, los sí puedo. Y también animarse a correr barreras para que no duela tanto. Cuando empezamos a complejizar el cuerpo y a conocer la cantidad de factores que van modificando nuestro hacer, cuanto más conocimientos y herramientas tengamos para eso, va a ser mucho menos doloroso lo que hagamos. Pero habitar el dolor como parte de crecimiento, de eso se tiene que hablar.

              La danza clásica va al extremo absoluto donde esa bailarina tiene que estar 9 horas entrenando. Ahora por suerte hay nuevas prácticas de clásica, pero no voy a negar que hay mucha anorexia en la danza clásica. A los 14 y 15 años a las bailarinas se les detiene el período menstrual. Si hacen una carrera profesional, hasta los 35 ya está, la maternidad olvidate, no es compatible, un cuerpo de mujer emocional no existe. Ahí hablamos de las normas capitalísticas, de la colonización del cuerpo. Una entrega total del territorio a un sistema que está sumamente armado para ser la mejor bailarina del mundo, recorrer y ganar premios. Yo no creo que sea esa la forma de hacer danza. Creo que esa es una forma que hoy no sé si hay cuerpos que resisten a eso. Si hablamos de ESI, del movimiento feminista, de que con mi cuerpo decido yo, no sé qué niñe hoy tiene esas ganas de sacrificar tanto el cuerpo. “La danza no lastima, lo que lastima son las pedagogías.”, dijo Margarita que hoy es directora del Teatro Nacional.

              Yo que vivo acá en Concordia no puedo pensar en un cuerpo europeo. Pienso en nosotres, en el cuerpo concordiense, en nuestras incertidumbres, nuestros tabúes. No puedo pensar una obra a partir una forma de bailar, sino de un grupo, con lo que se está logrando compartir, reflexionar. Me parece que eso trajo de nuevo la pandemia, la democratización de la danza.

              El hecho de que se corte la menstruación seguramente tenga que ver no solo con el esfuerzo corporal sino también con la alimentación que lleva a que sean cuerpos demasiado flacos.

              ¿Sabés por qué es un cuerpo demasiado flaco? Porque lo que busca la danza clásica es la perfección y la belleza. Y ahí volvemos al paradigma de la belleza: ¿quién dice qué es bello? Ya está establecido, por eso los movimientos son exactos, por eso la forma de bailar es única, porque ya está comprobado que para un sector eso es bello. Lo que se sale de eso, no es danza. La danza que establece Isadora Duncan, que es la danza moderna, cuando se descalza, imaginate… solo eso ya rompe. Isadora no era gorda, pero cuando ella se descalza y todos esperaban verla en punta, eso rompe totalmente con la forma. Isadora es la primera que establece la pedagogía de la danza. Yo me siento muy Isadora Duncan. Estamos hablando de una mujer revolucionaria, que hoy mi generación la está estudiando, estamos viendo y valorizando lo que Isadora nos decía: no importa la forma, tenés que bailar, te tenés que mover.

              En las clases que en general empezamos buscando los motores: ¿Qué me mueve hoy? No siempre me mueve lo mismo, ¿dónde está mi deseo hoy?. Casilda Rodrigañez Bustos, en el libro “La sexualidad y funcionamiento de la dominación”, habla de cómo el sistema nos va ridigidizando los cuerpos, específicamente a las mujeres: “Lo cierto es que cuanto más se nos silencien las pulsiones (sexuales) propias o cuanto más se las canalice hacia el método y se viva como si estuviéramos siguiendo una pausa exterior implantada y no como un impulso del propio cuerpo, tanto más fácilmente se impide que se reconozcan como en la verdadera sabiduría orgánica de estar en la auto-regulación y tanto más fácilmente se mantiene la ley (patriarcal)”. ¿Qué podés aportarnos a esta reflexión desde tu experiencia?

              Muchas de las cosas que sé, las aprendí porque las experimenté, no porque las leí. ¿Qué es lo sexual? Tiene que ver con el placer y el goce. Yo hoy me comí un helado de chocolate, para mí eso es goce y placer, eso es sexual. El vínculo con el goce y eso que a mí me da placer. Y las mujeres, al tener rigidizados nuestros úteros, pareciera que nuestro goce y placer es genital. Pareciera, porque muchas veces complacemos al otro y no a nosotras. Cuando tuve la experiencia parto de manera respetada, respetándome a mí misma y al período en el que estaba transitando, tuve un orgasmo antes de que llegue Morena. Era tanta la oxitocina, era tanto el movimiento pélvico… No porque yo lo quiera hacer sino porque lo que estaba pasando adentro tenía que ver con eso. De ahí lo abracé: “Yo esto no me lo puedo perder nunca más”, pensando en mi útero y lo que pulsó ahí. Seguí deseando. Porque nuestros deseos están en ese lugar. No somos mejores mujeres por ser madres. Hablo de la mujer deseante, gestora de sueños infinitos. Podemos tener un millón de sueños. Yo tuve una gran maestra que hablaba de esto y que encima enseñaba a otras mujeres que podemos soñar a lo grande, eso es hermoso. No te conformes con desear poquito, desea mucho. Tanto como abarque tu útero, tu mano. Eso a mí me dan ganas ya de ponerme a bailar. Se te abre el apetito. El hambre.

              Por eso yo digo que la descolonización es desde los úteros. Tenemos que sacar todos los tabúes desde acá. Acá está el tabú. No es mental. Yo relaciono al útero con un segundo corazón, o quizás sea el primero. Tiene propio ritmo. Hay un vínculo muy fuerte entre el útero y el corazón, parecen tambores. Es claramente donde pulsa. Cuando hablamos de la danza: ¿Qué me mueve hoy? ¿Me mueve la tristeza? ¿El dolor? Lo tengo que arrancar sabiendo que mi deseo está acá, en contacto con mi placer, con quien soy. Yo en este momento puedo estar allá, pero sé que también estoy acá porque tengo mi base pélvica apoyada, en mi presente. Eso te lo da el piso de la pelvis.

              El otro día en el candombe corroboré que en Concordia las pelvis están libres, pero están desenfocadas. Y la pelvis cuando enfoca es arco y flecha. Manda. Y eso se entrena desde la danza. Lo voy descubriendo en mi investigación y no me voy a ir de ahí porque sé que el empoderamiento de cualquier cuerpo, más allá del género, sea varón, trans, mujer, esta acá. Es lo que pulsa, debajo del ombligo. Se trata de deconstruir un montón de mandatos del deber ser. La ESI en ese aspecto es la gran herramienta. Yo no creo que hay que educar a les niñes sino a les adultes que vamos a estar guiando a eses niñes de una manera libre. ¿Y qué es la libertad? La libertad tiene que ver con esto que deseo. No es que yo con la libertad hago lo que quiero. Puedo hacer lo que quiero pero tiene que cumplir con esto que me pasa a mí, y saber que lo que me pasa a mí te pasa a vos, le pasa a cualquiera.

              Con mi director, Magy Ganiko, hablamos mucho acerca de esto porque lo que yo investigo con él tiene que ver con el movimiento orgánico de individuación, que parte de un cuerpo de origen. Él es budista y en la cosmovisión japonesa ya se forman conociendo la multiplicidad de cuerpo que tenemos. Te pones a escuchar las cosmovisiones de los pueblos originarios y hablan de lo mismo: la multiplicidad de cuerpos que nos habitan. Ya no hay un yo, hay una cantidad de cuerpos que habitan en uno. Relaciono la bulimia y la anorexia a una bajada de línea de la escuela, la familia y la sociedad donde pareciera que el éxito es ser flaco y bonito. Hay un canon de ese cuerpo que tiene que tener ciertas formas para ser querible. Y les niñes son muy macabros. La bulimia, la anorexia y la salud mental en general tienen que ser encarados en los espacios donde nos encontramos. Porque estamos hablando de cuerpo, de esa cantidad de cuerpos y todo lo que se mueve con la danza. Se mueve el presente y el pasado, que quizás no es tuyo. Los métodos que vengo explorando durante estos tiempos tiene que ver con la meditación en movimiento. Ese estado meditativo que es continuo, en movimiento, lo que te permite es dejar al yo a un costado y empezar a bailar eso que no sé que me habita, eso que no sé que me está pasando. ¿Qué baila conmigo cuando bailo? No digo que se te va a revelar tu problema de anorexia o bulimia, pero te va a venir una realidad que convive con vos. Lo podés ver, lo podés sacar hacia afuera, en un entorno amoroso. Se tienen que dar muchas cosas para que eso suceda. Hay mucha información que la danza a mi hoy me está revelando.

              A raíz de esto que decís recordé una nota periodística en la que advertían el peligro de las terapias alternativas para tratamientos de adicciones y otros trastornos. Y pensaba por qué en vez de verlas como peligrosas no hablamos de integrar otro tipo de abordajes que no sean clínicos, como pueden ser la danza y otras artes. Si bien es cierto que en un espacio de danza se abren un montón de cosas y se necesita un espacio de contención más allá de la clase.

              Pregunta del público: En danza el concepto hegemónico es la danza clásica y la anorexia está presente. Esto tiene una relación con el hambre muy particular. En la metáfora del deseo como hambre, se puede trazar una falta de deseo en la danza clásica. Es interesante para pensar la potencia del deseo en prácticas de danza que se corren de la expectativa. Hay que pensar que uno recibe un cuerpo con un deseo reprimido. Tampoco se puede forzar a bailar. No es solamente ofrecer el espacio, también hay una cuestión de una clausura de cierta subjetividad o cierto cuerpo a tomar esa oportunidad. ¿Qué cuerpos la toman y qué cuerpos no? 

              Una aclaración: cuando empecé a hablar del hambre, lo puedo relacionar con el hambre de un alimento, de alcanzar un objetivo o el hambre que me hace salir de este lugar porque estoy incómoda. El hambre visto como de un animal que sale a buscar su caza. Es prelinguístico. Se dice que la danza es prelinguística. Mi búsqueda tiene que ver con eso, con ir al origen de lo que nos hace mover. Desde mi mirada todos nos estamos moviendo continuamente, solamente tenemos que tomar consciencia de cómo nos movemos. Hay mucha gente que cree que bailar es ir a un espacio de danza. Y yo bailo desde que me levanto. Mi vida la veo como una danza. Yo hace mucho no estoy en un escenario, pero para mí estoy bailando todo el tiempo, como si fuera un escenario mi vida.

              Mi objetivo es generar, convencer, estimular, contagiar, dar la posibilidad para que cualquier cuerpo se mueva. Es urgente moverse. Para cambiar un patrón de conducta lo tenés que cambiar de lugar. Y eso te lo da la experiencia del movimiento. No es solo intelectual. Lo intelectual caducó. Estamos moviendo continuamente y ese es el entrenamiento. Entreno como me muevo. Yo milito que la danza sea posible para todos, todas y todes. Y que la danza sea una materia transversal en toda la escuela. No para formar bailarines… Si después lo encontrás como tu oficio genial, pero nos estamos moviendo continuamente y ese es el entrenamiento, entrenamos cómo nos movemos.

              Lo que estoy investigando no es danza contemporánea, es clásica ya la danza contemporánea para mi mirada. Hoy es mucho más interesante ver a alguien que no se cree parte de la escena y se pone a jugar como escena. Para mí no hay nada nuevo, ya está todo inventado. Si te ponés a investigar lo que pasó en los 60´s y 70´s, ya estaban hablando de esto. Cuando hay un cambio de paradigma hay una revolución de cuerpo, no de pensamiento. Hoy no sabemos cómo nombrarnos. Estamos hablando de auto-percibirnos. Tenemos que dar herramientas a estas necesidades y la danza se adapta muy rápido a ellas. Si no experimentas una necesidad corporal, como llega alguien a ponerlo en palabras. Primero alguien lo pasó por el cuerpo.

              Al trabajar con la sensibilización del cuerpo y darle lugar a las emociones, ¿qué estrategias de cuidado has incorporado a tu práctica docente?

              Cuando me di cuenta del rol que tenía, que todo lo que yo decía era escuchado y tomado, me di cuenta de que tenía una responsabilidad con lo que haga y lo que diga. Eso me involucró emocionalmente, primero a mí. Cada vez voy a encontrarme con las cuerpas, sean niñes o adultes, mi referencia primera soy yo. Abrazo mi experiencia. Doy por sentado que mis heridas ya son compartidas con el universo. Si yo he sido maltratada, doy por hecho de que todes más o menos hemos sufrido lo mismo. Lo que aprendí fue a escucharme primero a mí, a decir esto “no me gusta”. La primera que pone el limite soy yo. Es una forma de encontrar un espacio donde yo me sienta contenida y ciudada. A partir de ahí fui generando vínculos con personas que trabajaban amorosamente. No concibo la forma de bailar si no hay contención, amor, buen trato, escucha y esa mirada de “dale que podés, dale que estamos acá”. No quiero que me muestres nada. No tiene que ver con mi deseo de que vos bailes, sino con que estamos juntas. Es dar lugar al otro a que se exprese. Siempre fui cuidadosa con las luces, usaba iluminación íntima, sin espejos. El espejo devuelve una sola mirada. En la vieja escuela te gritaban: ¡mírense al espejo! Las nuevas corrientes de la danza invitan a que el espejo no esté. Se trabaja un vínculo de contención y escucha pero no de catarsis. La catarsis se hace, pero bailando. Que el lenguaje sea corporal pero no de palabra.

              Hoy en día la mayoría de cuerpos, jóvenes y adultos, somos cuerpos abusados… Por la mirada de un otro, por la forma en la que se nos han acercado cuando éramos niñes, por el mismo discurso de lo que es bello, de lo que está bien, en la familia, en el trabajo, en la escuela. Nos manejamos entre abusos. Te pregunto Sole, ¿cómo se aborda todo eso que se mueve al despertar la pelvis, los órganos? En otra conversación me decías que lo trabajás desde tu propio cuerpo y sabiduría de ser un cuerpo que ha sido abusado.

              Me reconozco una persona hipersensible. Lo asumo. He estado en situaciones de trance donde otras personas se meten a ese espacio a darme una orden. Eso es abuso. Cuando somos niños estamos todo el tiempo en trance. Cuando ves a un niño que está jugando embobado con algo, repitiendo, repitiendo, si viene un adulto y se mete enseguida en ese lugar, deja huella. Y no lo tocaste, pero entraste y le irrumpiste su mundo tántrico, su mundo de fantasías. Como experiencia de niña, de haberlo vivido, como experiencia de adulta de haberlo vivido. Esto vive pasando. Con la danza laburás la sensopercepción, tenés ojos en la espalda, te da auto-conocimiento, te permite desarrollar una alerta. Una intuición. Si estás en trance, viene alguien y te interrumpe, “¿Perdón? Estoy en trance.” Sería hermoso poder ponerle ese límite a un amigo o una amiga.

              Si hacemos una estadística hoy, de 10 personas, 8 fuimos abusadas. Y esas últimas dos no lo reconocen porque tal vez nunca se les reveló. Hay algo en la memoria que desde que nacés hasta una cierta edad tenés la posibilidad de haber vivido episodios y el cuerpo, que es tan sabio, los anula, los tapa. Arma una foto de ese momento y la guarda. Quizás ese niño tuvo la suerte de que la madre, la hermana, el papá, el abuelo, le empiezan a regalar fotos nuevas y van tapando esa foto. Entonces en la película de tu vida, esa foto quedó abajo, porque la taparon 80 millones de fotos divinas. Hay un día que haces un click, se abarajan todas las fotos, te ponés a bailar y decís “Che ¿y esta de dónde salió? ¿Esta es mía? Es tuya nena. ¿Y cómo? Tenía 5 años y ahora tengo 45, ¿y me doy cuenta ahora de esto? Y sí. Me doy cuenta ahora. Y eso es la danza.

              Claro, porque se enquistan memorias en el cuerpo. Al mover, al llegar a lugares donde no habías llegado, te encontrás con que estaban ahí. ¡Ah, ese dolor que tenía entre los omóplatos era esto!

              El cuerpo es una casa. Lo único que puedo reconocer como propio es mi cuerpo territorio. Es la distancia que hay entre mi cabeza y mis pies. Puedo ser más alta o más petisa pero esto es todo lo que soy. Donde llego con los brazos y a donde voy. Entonces este cuerpo-casa va a acumular lo que yo vaya acumulando. Ya sea comida, si estoy con gente que me hace mal voy a acumular a esa gente, problemas y problemas. Si soy acumuladora voy a estar un día así (encorvada) porque no puedo cargar más. Si yo me auto-conozco y digo “Ah, esto duele”, pero me bailo algo que me va a permitir sacármelo, te puedo asegurar que va a doler pero cuando termines de moverte vas a decir “Uh, ahora estoy cansada”. Entonces ya no estás hablando del problema, andá a dormir. El movimiento permite cambiar de lugar, de acá a allá. La experiencia humana lleva a toparse siempre con la misma piedra. Ya sé que va a venir, la veo venir, a veces enorme, a veces chiquitita. No soy iluminada. Es una herramienta que permite un cambio. Te cambia algo, no todo.

              A mí me emocionó siempre cuando le nombrás una parte del cuerpo a alguien y la reconoce. He estado observando esa cara de descubrimiento por primera vez de un omóplato, por ejemplo. Relaciono el movimiento a lo lúdico. Cuando un cuerpo deja de pensar en lo que está haciendo y solo se pone a hacer, eso ya hace que el estado de conciencia se ponga en modo juego, y en el juego aparece la posibilidad de transformar eso que quizás se quería tapar. No es lo cotidiano que llegues a la casa de un amigo y te diga “¿Cómo estás, qué necesitas, tenés ganas de callar, de llorar?” No, tapamos. Si vos vas a la casa de un amigo, en la puerta respirás hondo, te tragás el llanto y entrás con la mejor cara. Eso es lo más cotidiano que hay. No vamos por la vida llorando ni pidiendo abrazos. El espacio que te permite la danza o por lo menos este, es justamente eso: Cómo estoy, qué necesito darme hoy darme o qué necesito hoy pedir. Eso es amor. Con un gesto qué hacés, podes revelar algo.

              En algún momento de las entrevistas para la Boca a Boca me gusta traernos a Concordia específicamente, porque estamos acá, porque es una revista local. Para esto quiero partir de una frase de Silvio Lang, con quien sé que has estudiado. Él habla del “campo en el que nos movemos” refiriéndose a la escena, yo quiero llevarlo a Concordia. “Descolonizarse del campo donde nos movemos implica, a veces, cierta soledad para componer nuevas alianzas y afectos-conceptos que nos dejen respirar. Sin embargo, es a partir de esa soledad que nuestra vida se puebla de alianzas insurreccionales con amigues impensades y fuera de serie. Con insurgencias afectivascolectivas se traman deseos comunes.” ¿Te resuena?

              Algo que comparto con Silvio es que una es a partir de su deseo, acá y en cualquier lado. Ahora, el contexto social claramente va a condicionar tu deseo. Cuando hablo del deseo, trae mucha soledad. Cuando una desea algo, tiene la fe, la constancia, la intuición de lo que está pulsando, porque la flecha va ahí… el camino es doloroso. Pero va generando alianzas que por momentos pareciera que vamos juntes, aunque después eso se diluya, pero el deseo es fuerte. Hay una fuerza que no sabés de dónde viene, la estoy investigando, porque descolonizar mi útero me está llevando mucho tiempo, por más que haya tenido un parto respetado, por más que siga bailando, para mí la libertad de mi útero no lo logré. Para mí la libertad es otra cosa, no creo que exista la libertad, de alguna manera. Para mí está acá adentro de mi cuerpo. Cuando cierro los ojos y me pongo a bailar, para mí esa es mi libertad. Ahí sueño que me voy a la NASA, vuelvo. Ahí es donde soy libre y no quiero que nadie me saque de ahí.

              Silvio se hace algunas preguntas a raíz de esto: “¿Cómo nos relacionamos y cómo nos inscribimos en el campo de la práctica que hacemos y cómo ese campo se desborda haciéndola? Mi traducción sería: ¿Cómo nos inscribimos en la práctica de la danza acá en Concordia y cómo Concordia se desborda haciéndola?

              Yo tuve que amoldarme completamente… Mi sentir, mi pensar y mí acción. Mi deseo de danza acá queda limitado. No porque no haya público, uno va armando al público. Yo tuve la suerte de ir a tomar clases con Silvio e investigar durante un año. Viajé todos los lunes y ahí aprendí que el contexto que él estaba planteando era un contexto con cuerpos que no tenían la misma necesidad y deseo que acá. Ese era mi deseo de cuerpo, encontrarme con esa manada insurrecta que estaba buscando la revolución hormonal, la descolonización. Es una manada que se desborda, que se sale del carril porque necesita irse para otro lugar. Acá esa manada no la encontré. No porque sea menor sino porque acá hay otro deseo. El contexto social, las necesidades pasan por otro lugar. Por lo conservadora que es la sociedad, por los tabúes que hay. Pareciera que los cuerpos pueden expresar libremente solo en el carnaval. Si bailas fuera del escenario convencional estás loca. Si no bailo en el Odeón nadie lo va a ver. Defiendo las prácticas performáticas, me considero performática de acá a la China. Es lo que sucede en el momento, ojos abiertos, a ver qué pasa, cómo me mira él… voy a incomodar, pero esa es mi idea. Mi juego pasa por incomodar al público. En eso me siento totalmente identificada con Silvio Lang: el arte escénico viene a cuestionar, a reflexionar, por eso él habla de la no obra, porque la obra es un formato capitalista que tiene una forma exacta que puede ser siempre viajada y nunca tocada, tiene un valor. Yo propongo que no. Como dice él, lo interesante es el entrenamiento escénico. Por eso me interesa el que no baila. Porque esas son las nuevas alianzas que nos van a llevar a entender cómo descolonizarnos. Para construir un nuevo tenemos que entrenar la práctica. ¿Dónde nace el mundo nuevo? Entrenando, poniendo el cuerpo. ¿Es así? Ah no, el mundo nuevo es así . Horizontal, por ejemplo. Este año siento que generé alianzas nuevas, códigos nuevos. Un ejemplo: Nati Capri me llama y me dice: “Sole, quiero ser reina de batería y quiero hacer algo nuevo, quiero bailar afro. Con tacos.” No, con tacos no se baila afro.” Cuando estábamos investigando le digo: “¿Vos querés laburar la libertad femenina? Te tenés que sacar el taco.” Eso fue revolucionario para Concordia. Que la piba a mitad de la escena se saque el zapato y salga descalza con una lanza… Ahora no lo estamos viendo, pero dentro de 10 años, 20, eso va ser nuestra Isadora Duncan en Concordia. Fue la primera que se descalzó en carnaval y hasta lo que me enteré, en Latinoamérica. En este momento eso está sucediendo. Para mí fue mi acción de desborde. Algo que me sale innato es romper reglas. En Buenos Aires lo hago y soy una más. Todo lo que pueda llegar a proponer ya lo hicieron. Y yo no quiero innovar. Quiero ser yo. Acá no me animo a romper porque las quise romper y casi voy presa. Acá hay que generar nuevas alianzas, nuevas estrategias para cuidarnos y no ir al choque. Mi aprendizaje es buscar un público cómplice. Hay que hablar mucho, dar charlas acerca de lo que hacemos. Ya sé que si voy al choque me va a caer la policía y no tengo ganas de pasar por eso, no expondría a ninguna compañera. Lo que sí creo es que los vínculos que vamos a establecer acá son netamente de nuestra identidad. Y eso me fascina. Yo bailo como bailo porque vivo en Concordia. Mi manera de bailar es mía y eso es lo que más defiendo, que encuentre cada cuerpo su manera, su identidad, su lenguaje.

              Del público: Me hiciste acordar… Había una señora que de Hipólito Yrigoyen hasta Rivadiavia bailaba y todo el mundo la miraba. Y bailó durante muchos años. No estaba bien de la cabeza… Pero ella bailaba, es lo que hacía.

              Del público: Hay que tener cuidado de reforzar el estigma. En esa oración de “bailaba por la calle y estaba mal de la cabeza”, se refuerza la idea de que la cordura no es bailar en la calle. Hay un tema con la locura: el loco es loco porque quien lo observa dice que es loco.

              Hoy llegué al centro y vi una escena de un chico que estaba parado tirándose agua y lo repitió 14 veces. Justo le caía el sol. Para él era un acto del cotidiano, para mí era un performer. “Esto es danza, pensé, y él no sabe que está haciendo arte”. Me senté a mirar como a una gran performance. Imaginate si lo vemos al señor de esa manera, lo abrazamos, lo disfrutamos. La locura es interesante observarla como un estado de borde, de ir al extremo. Y hay algo que tienen las emociones que los que nos animamos a vivirlas al extremo estamos al límite de algo. Al estar al límite de la cornisa ya sabés, te podés caer y lastimar. Los niños, ¿por qué están al límite? “¡Ay, se va a caer!” El artiste tiene al niño muy cerca. Una señora de 80 años que camina, va y viene, parece un niño. Es lo mismo, un cuerpo que creció, pero dentro está el niño. Cuanto más dejemos dejar salir a nuestro niño, más conectados estemos con lo lúdico, más posibilidades vamos a tener de jugar con esos estados de locura y desborde de una manera tan fluida que no vamos a necesitar decir “La Sole está loca”. La Sole está jugando.

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