20 octubre, 2020
cuidarte es cuidarnos
Todo el sol del mundo

Todo el sol del mundo

Cuando se levanta del banco en el que duerme y camina por el pasillo hasta el baño para lavarse la cara, la puerta de calle Urquiza todavía está cerrada.

Camila está despierta y entorna los ojos al salir con la cara húmeda. La luz del sol se mete silenciosa por las ventanas. Acomoda unas flores de tela plástica en la virgencita. Tampoco la puerta de la capilla se abre todavía, pero ella dice su primera oración del día.

El pasillo huele a noche, a silencio lleno de grietas, a respiros perdidos, arrinconados en ese pequeño mundo sin ciudad. Camila tiene pelo lacio que apenas baja de la nuca, lleno de grises, se le mueve al caminar, rítmicamente y ella camina de aquí para allá, sonando sus taquitos de zapato gastado, un termo en una mano, una toallita en la muñeca.

Prefiere la escalera, el ascensor liberar por si acaso alguien lo necesitase. Agua caliente para los mates de la mañana. La puerta de calle Urquiza todavía no se abre. Camila sube un piso y vuelve a bajar. El sol logró meterse un poco más y divide en dos el pasillo. Las flores de tela plástica otra vez se torcieron, ella es muy paciente, las acomoda y se persigna y no es la primera vez.

Vuelve a su banco y retira la colchoneta, la sábana y la manta, y la pequeña almohada con dibujos infantiles. Su gato de tres colores maúlla y se estira, ronronea al sentir la mano que lo acaricia. Un tarrito con agua, un platito de viandas con alimento y otro con piedritas. Huele también a todo esto, el pasillo, a cielo raso y paredes húmedas, a cuerpos quietos en verano, a narices sucias de invierno.

A los pies de su banco tiene una enorme caja de cartón con una tela azul gastado que la recubre, allí guarda todas sus pertenencias. Su ropa, su plato, su vaso, sus dos termos, un hervidor, una ollita, una bolsita de alimentos. También guarda más de cinco carteras y bolsitos diferentes que saca indistintamente en cada nueva expedición a la escalera, o al otro pasillo donde a la mañana da la sombra y a la tarde el sol ardiente, a buscar un poco más de agua o a dar un simple paseo interno a ver la gente que va llegando, que entra por el lado oeste, por la otra calle que no recuerda. Mesa de entradas y hasta ahí llega. Pasa por entre la gente, rápida y con la cabeza hacia abajo, como si fuera un médico, como si algo la ocupara. No necesita más que eso, no es sostenible aunque quisiera, no puede y vuelve a su lugar.

La puerta de calle Urquiza ya está abierta, la ve de lejos mientras se acerca. Saluda a Germán, compartieron algún tiempo la 8 y él ahora es el encargado de la llave de esa puerta y de la del candado de la reja. Germán, todas las mañanas abre y recibe a los primeros. Siempre hay quien espera. Camila no mira, algo la inquieta, aunque seguro lo negaría si se lo dijeran. Vuelve a acomodar las flores de la virgencita. Doña Clara también acaba de abrir la puerta de la Capilla, a ella también saluda Camila, a nadie más. Descubre otra vez la enorme caja y mete su mano, la mueve, acomoda y cuando la retira extrae otra cartera y se la cuelga en el hombro como si fuera a salir, a trabajar o de compras, o a visitar algún pariente, alguna amiga. No se aleja más de veinte metros de su banco, su gato de tres colores, su enorme caja, dobla siempre el mismo pasillo a la derecha y desaparece unos minutos. Cuando vuelve tiene un largo cigarrillo marrón entre los dedos, en la otra mano aprieta un encendedor. Le permiten fumar uno o dos y por la mañana, cuando la puerta de Urquiza ya está abierta, cuando por las ventanas entra todo el sol del mundo y le da en la cara.

Hernán Lasque

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