21 octubre, 2020
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Una historia no contada

Una historia no contada

Esta historia no la encontrarán en los registros históricos, es decir ni en los libros (aún en los específicamente de Historia) ni en la omnisapiente Internet. En parte porque es una historia antigua, de fines del siglo xix; y en parte porque los vencedores, con la victoria segura, no quisieron que los vencidos fueran jamás recordados ni que siquiera se supiera de lo acontecido en ese lugar y momento.

            El hecho es que un grupo de paraguayos y bolivianos, en su mayoría jóvenes pero con algunos mayores también, decidieron reunirse y juntar fuerzas para recuperar aquello que les había sido arrebatado. Los llamaron rebeldes, forajidos, insurrectos. Eran las palabras del Poder, de los vencedores. Ellos solamente deseaban volver a ser dueños de lo que les habían quitado: su tierra. Los paraguayos, algunas tierras al sur del Pilcomayo; los bolivianos, la salida al mar por la costa del Pacífico. Territorios que habían perdido, los paraguayos, tras la Guerra de la Triple Alianza, y los bolivianos tras la Guerra del Pacífico.

            Con algo de fondos recaudados entre ocultos patriotas y nacionalistas, mucho coraje, la sorpresa, la estrategia bien planificada de cómo y dónde atacar, se logró al comienzo que hubiese algunas breves y festejadas victorias. Se tomaron tierras de Formosa y Chaco y otras al oeste, consiguiendo obtener una lengua de tierra chilena hasta el litoral del Pacífico. Pero las alegrías son efímeras. Fueron unos pocos meses de fuertes bríos y mucho tesón para mantener la avanzada y las áreas reconquistadas. Sin embargo, los más poderosos pasaron pronto del estupor y la incredulidad a la acción. Se comunicaron, intercambiaron pareceres y guardaron odios y rencores, y reunieron un amplio ejército no muy bien formado ni con mucho tiempo de instrucción (incluso compuesto con compatriotas de los propios insurrectos), pero sí bien pertrechado y con promesas de buena paga para más adelante.

            Y así llegaron las derrotas de los ilusos, y así fueron perdiendo los terrenos recuperados y, peor aún, las fuerzas y las ilusiones de conseguir algo grande, duradero. Perdieron la salida al Pacífico y perdieron las tierras al sur del Pilcomayo. Y ocurrió, claro, la batalla decisiva y final. Tuvieron su baño de dolor, de tristeza, los mazazos del destino cruel y enérgico que les toca a los débiles que deciden levantarse. Hubo chacras incendiadas, ganado muerto y diseminado por los campos, hubo hierro y sangre sembrando el páramo y los pantanos y los cerros.

Sin embargo, no fue sólo una devastadora derrota y una contundente victoria. Había que sentar el ejemplo para las futuras generaciones y evitar posibles nuevos levantamientos. A los cabecillas, a los jefes insurrectos –tres paraguayos y dos bolivianos–, se los ejecutó sin juicio ni procedimiento. Primero fueron torturados impune y salvajemente para que dieran más nombres y apellidos y domicilios. Cuando ya no hubo nada que sacar o por saber, los colgaron a los cinco en una plaza pública, y luego los cuerpos fueron exhibidos en otras plazas, para escarmiento y lección del pueblo.

Una vez que los vencedores se dieron por satisfechos, desmembraron los cinco cadáveres y enterraron las partes sin marcas ni señales, para que ni los familiares, ni el pueblo, ni la Historia recordaran jamás quiénes habían sido, ni qué habían intentado conseguir.

 

 

            Esta historia, que no ha sido escrita ni narrada, ocurrió sin embargo en algún lugar y en alguna época. Pero como se ha dicho, no se recuerdan ni los nombres ni las fechas exactas. Porque a los pobres y los débiles, como quieren los poderosos, sólo les cabe la derrota y el olvido.

 

por Sebastián Bekes

 

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