“Así sucede en Rundevoll” – episodio 7

              Uno puede siempre aspirar a hallar la respuesta a sus problemas en Rundevoll. La presencia de magia en esta ciudad parece ser innegable, aunque a veces juegue a esconderse de nosotros.

              Numerosos son los relatos de personas asistidas por curanderos, adivinos y hechiceros que se prestan para resolver gratuitamente hasta el más doméstico de los inconvenientes. Se cuenta, por ejemplo, la historia de un anciano que mediante hipnosis logró que su mascota, un gato siamés, deje de involucrarse en osadas batallas con otros gatos de la cuadra una vez pasada la puesta del sol. Un vecino mío se jacta de hacerse hechizar para adquirir una variada lista de habilidades que antes no le correspondían, a saber: malabarismo, acrobacia (conceptos básicos), ilusionismo, equilibrismo, canto, baile, actuación, tocar la guitarra y el cajón peruano. El embrujo tardó varios días en hacerse efectivo, pero al final el hombre logró su sueño y se unió al circo. Incluso se habla, entre risas, de que un hombre volvía del trabajo fastidiado por el calor y fue abordado en una esquina por un demente que le ofreció un conveniente vaso de soda con hielo. “¡El sentido de la vida es crear recuerdos a los que podamos volver cuando seamos viejos!”, gritó el demente antes de salir corriendo, seguramente a saciar la sed de algún otro oficinista en problemas.

              No existe una institución registrada que se dedique a esta empresa: simplemente, a consciencia o no, todos los habitantes de Rundevoll participan de ello. Incluso yo formé parte de un hecho de esta índole: recuerdo de ir caminando por la calle tan distraído que había ya olvidado hacia dónde me dirigía. Esto no importó, pues en seguida llamó mi atención un muchacho con mirada perdida, contemplativa, que tenía en su poder una guitarra y estaba tocando un viejo blues cuyo nombre no pude recordar. Su lastimosa voz me hizo acercarme y preguntarle para quién cantaba. “El que canta, como el que escribe, siempre lo hace para alguien”, le dije. El pobre muchacho me contó su historia: era un artista callejero que tocaba siempre en esa misma esquina, a pocos metros de donde vivía la muchacha de la que se había enamorado. La veía pasar todos los días, estando seguro de que cada jueves la morocha arrojaba una moneda en la funda de su guitarra. “Sé que si le hablara quizás me daría más que eso”, me confesó el joven, “pero si me rechaza puede que no vuelva a tener esa moneda semanal.”

              Dialogué largo rato con el pobre guitarrista. Al marcharme, ya fuera de la vista del chico, me abordó un venerable anciano que me habló con seguridad. No quiso darme su nombre, pero se refirió a sí mismo como “tío”. Me dijo que había escuchado la conversación con el artista, y que vino a iluminarme con una verdad: ella también lo amaba en secreto. El destino, según “el tío”, me había elegido para resolver ese problema y provocar su unión.

              Así comenzó una esquizofrénica persecución de pasiones: envié cartas anónimas con canciones debajo de la puerta de la muchacha; coloqué sutiles notas con la más lograda caligrafía femenina en el estuche de la guitarra del muchacho. Averigüé también las canciones favoritas de la joven y provoqué que las interpretara en el momento en que ella pasase frente a él. Pronto mis intervenciones fueron innecesarias, pues empezaron a producirse por sí solas. La morocha le sonreía sin pudor, y él ya no medía su felicidad en base a lo que ella arrojaba en su estuche. Más temprano que tarde los perdí de vista: cuando el amor aprende a volar, no hay forma de seguirle la pista. Lo último que supe de ellos lo oí del anciano que me había encomendado la tarea: me dijo que un jueves cualquiera, en lugar de dinero ella le arrojó una nota, indicando allí fecha, lugar y hora para propiciar un encuentro, y el muchacho abandonó la esquina con una expresión en el rostro que bien podría hacerse llamar amor. Le di las gracias al “tío” y me alejé complacido, pensando cuántas veces había sido ayudado en el camino sin haberme dado cuenta, y sin la oportunidad de agradecer.

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 8

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