“Así sucede en Rundevoll” – episodio final

              La vida en sí misma es un ciclo conformado por muchos otros ciclos alineados pertinentemente con el objetivo de crear una sola figura mayor que todo lo domine. Cada pequeño ciclo que cumplimos en la vida es un paso dado en círculo. Ocurre, sin embargo, que asociamos rápidamente el caminar en círculos con la idea de no avanzar. Esto se debe a la morbosa y arbitraria sed humana que se tiene por las ideas lineales, concisas, con principio y fin bien definidos. Admito que también lo pensé de esta manera en algún momento. Supongo que todos tenemos esa primera ilusión, pero el ciclo de ignorancia para mí terminó cuando llegué a Rundevoll. Y hoy, ese mismo ciclo (el mío en la ciudad) está terminando y espero ansioso a dar comienzo a uno nuevo.

              Comencé a darme cuenta de esto esta mañana. No recuerdo ni haberme despertado, ni levantado de la cama. Simplemente, mi primer recuerdo soy yo, sentado, reflexionando y dándome cuenta de que tenía la certeza de que debía de salir a buscar algo. Me puse a pensar cuántas veces en Rundevoll me había encontrado con maravillas y cosas imposibles en el plano de lo real: eran más de las que podía recordar. Pero esta caminata era diferente: presentía que se acercaba el fin.

              Mientras caminaba pensaba qué pasaría con mi vida hasta ahora, en mi pequeña casa, con mi irrelevante trabajo. Ya hacía rato que me había acostumbrado a lo desenfrenado de esta ciudad, y la posibilidad de negociar un fin de ciclo no me parecía tentadora. Pensaba en el futuro, en la incertidumbre que muchas veces deviene en miedo por no saber qué es lo que nos encontraremos cuando crucemos esa línea. También pensé en lo que sucedería con mis escritos, con mis poemas, con los relatos de mi vida aquí; y fantaseaba con que alguien, en algún otro lugar del mundo, los encontrara y los usara como propios. Sin dudas no había forma de saber qué pasaría con todo esto, aunque cada vez que pensé que algo era imposible, Rundevoll me mostraba lo contrario. Esta vez no fue la excepción.

              Fui conducido por alguna mano invisible que me llevó a un rincón de la ciudad, en una casa descuidada y roída que me llamó la atención lo suficiente como para entrar. La atmósfera era algo más que humedad y oscuro; se sentía en el aire un aliento místico, metafísico, inexplicable. El ambiente sombrío me susurraba que estaba a punto de descubrir un gran secreto, y de pronto lo vi: una luz resplandecía en un pequeño cuarto sin puerta. Pasé sin anunciarme y vi a un anciano sentado frente a una pequeñísima mesa que portaba una máquina de escribir. El hombre redactaba frenéticamente, sin detenerse ni por un segundo. Alrededor suyo, papeles volaban en todas las direcciones. Pude leer algunos, y me leí a mí mismo y a mis aventuras en la ciudad. Todo lo que me había ocurrido a mí y a todos los demás había sido anticipado por este escritor del destino, que, mientras yo lo miraba, escribía sobre mi futuro. Estiré la cabeza por encima de su cuerpo para ver lo que estaba escribiendo en ese momento, y leí lo siguiente:

El muchacho, curioso, estiró la cabeza por encima del hombro del Escritor del Destino para ver qué estaba escribiendo, y comenzó a leer esta misma línea.

              Paré de leer inmediatamente queriendo alejarme lo antes posible de ese hombre: no tenía intención alguna de saber nada de mi futuro. Y entonces me pregunté: «¿es esto lo que había de encontrar? ¿Este es el fin de la historia?». Mientras pensaba esto, el hombre arrancó de la máquina la hoja que había terminado de escribir y me la extendió para que la leyera. En esa página se encontraba toda la escena, desde que había entrado al cuarto. Y, sobre el final, decía:

Al terminar de leer la página del Libro de la Eternidad, el muchacho sale de la casa y encuentra en la puerta a su gran amor, a aquella mujer que siempre estuvo buscando sin saberlo. Y juntos salieron en búsqueda de un nuevo ciclo.

              Y allí paré de leer, y me preparé para salir de la casa.

 

por Juan Zimmermann

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