22 octubre, 2020
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Averiguaciones

Averiguaciones

Citado por las Potencias Centrales para ayudar a resolver casos delictivos de índole novedosa para la colonia marciana, Juan Alberto comenzó a preparar la partida. Como detective especializado y argentino, tenía conocimiento de distintas versiones sobre estafas, engaños, hurtos y robos varios. Aun cuando Argentina era un país satélite de las Potencias Centrales que tenían sus colonias en Marte, se reconocía en agentes como Juan Alberto la capacidad de aportar su experiencia y conocimientos. No dudó en aceptar el llamado, y partiría en 48 horas hacia la Estación Espacial, y de allí a la colonia H, en Marte. En una semana estaría en el planeta rojo, transformado hacía ya más de un siglo en colonia de los siete países más poderosos de la Tierra, que, unidos, habían decidido converger para darles a sus ciudadanos la posibilidad de un lugar mejor para vivir.

Pero el ser humano no deja de ser humano aunque viva en otro planeta, y pocos años después de los primeros asentamientos marcianos habían comenzado a suceder hechos delictivos menores e incluso algunos crímenes. Se había intentado terminar con ello mediante leyes y penas muy duras para los malhechores, pero más y más gente deseaba ir a las colonias, y en el afán de no cercenar esa posibilidad para sus habitantes, las Potencias Centrales habían terminado por reducir las condenas y multas. Desde luego, existía un Tribunal Central y lugares de reclusión, pero más de un siglo después, Marte contaba ya con más de 10 millones de personas entre todas sus diferentes colonias. Los delitos y los problemas entre los habitantes eran inevitables.

Juan Alberto llegó al cuarto planeta solar sin contratiempos, y fue recibido por el Subjefe de la Policía de la colonia H. El hombre era inglés, se llamaba James Curley, y tenía unos 50 años. El cielo se veía encapotado, y mientras conducían hacia el hotel, se desató un tremendo chaparrón de lluvia.

– Qué notable –dijo Juan Alberto en inglés–, acá llueve igual que en la Tierra.

– Así es –contestó Curley con una sonrisa–, hemos logrado que hasta la lluvia sea igual.

El hotel no era lujoso, ni mucho menos, pero estaba bien, y se veía bien atendido. El Subjefe lo acompañó hasta la habitación, como para asegurarse de que estuviera bien allí, y le dijo que lo pasaría a buscar temprano al día siguiente. El detective argentino pidió una cena ligera, tomó una ducha y se acostó. En la cama miró un poco las noticias locales, nada fuera de lo habitual en Marte, y luego tuvo un sueño tranquilo.

A la mañana siguiente, luego de desayunar, esperó en la sala hasta que llegara Curley a buscarlo. Pero el inglés no llegaba, hasta que apareció un hombre que parecía de origen indio, lo cual llamó la atención de Juan Alberto, en especial en aquel lugar. Más aún porque aquel hombre se dirigió a él y le habló:

– Disculpe, pero el señor Curley no vendrá hoy por usted. Si gusta acompañarme, por favor.

– Claro, ¿así que usted me llevará a la Estación?

– No exactamente, señor. Acompáñeme, por favor.

El hombre sonreía amablemente, y el argentino no vio motivos para sospechar nada raro. Se levantó del sillón donde estaba, y siguió al desconocido. Fueron hasta un pequeño salón privado, había una mesa ratona y un par de sillas.

– Y bien, ¿qué sucede, señor…?

– Sapel, Naru Sapel. En estos momentos estamos demorando al señor Curley, y quisiéramos hablar unas palabras con usted.

– ¿Quisiéramos? ¿Quiénes?

– Los que queremos otro Marte, otro tipo de colonia verdaderamente “nueva”, y no sólo una segunda Tierra, con los mismos problemas y desajustes que la anterior.

Juan Alberto se sintió un poco mareado. No terminaba de entender lo que aquel hombre le decía, ni que esto le estuviera sucediendo a él. Pidió un vaso de agua.

– Déjeme ver si entiendo… ¿Usted es indio? ¿Cómo es que…?

Naru sonrió comprensivamente.

– No, no. Técnicamente, soy marciano. Mi padre nació en India, en la Tierra, pero yo nací aquí en Marte. Es más, no he estado nunca en la Tierra, más que virtualmente.

– Bien –dijo el argentino recuperando la compostura–. ¿Y qué es lo que usted y su grupo quieren conmigo, o de mí?

– Que usted, con su perfil y sus conocimientos, nos ayude a derrocar al actual gobierno de Marte y así podamos tener uno propio, sin depender de la Tierra y de sus avatares y caprichos.

– Pero señor Sapal…

– Es Sapel.

– Sapel, ¿comprende acaso que yo no puedo hacer eso? ¿Que, justamente, trabajo para una fuerza terrestre que combate a gente como ustedes?

– Claro, lo comprendemos muy bien –dijo Naru sin dejar de sonreír, del mismo modo que lo habían hecho su padre y sus antepasados terrestres por generaciones–. Y, justamente, es eso lo que le estamos pidiendo: que cambie su actividad y pase a nuestro lado. Le pedimos que cruce el umbral.

– ¿Umbral? ¿Qué umbral? Lo mejor será que me libere y me deje seguir con mi agenda.

– No tan rápido. En este momento no está en posición de exigir nada. Se lo pedimos amablemente, pero con firmeza. Debería considerar nuestro pedido.

– ¿Y qué hará si me niego, matarme?

– No será necesario. Lo pondremos a dormir un rato y luego no recordará nada de esta conversación. Sin embargo, nosotros seguiremos con nuestro accionar, y tal vez, en un futuro cercano, debamos…

– Liquidarme. Comprendo. Creo que tomaré ese riesgo. No deseo cruzar ningún umbral, prefiero seguir como estoy.

– Qué pena, Juan Alberto. Usted sería un elemento importante para nuestro pronto éxito, aunque éste llegará, de todas formas. ¿No quisiera escuchar al menos qué nos interesa de usted?

El detective argentino se movió incómodo en su asiento. Se daba cuenta de que estaba en una situación difícil para él. No sabía, a ciencia cierta, si no podría llegar a morir allí mismo. Con la intención de darse tiempo para pensar, tomó el vaso de agua y bebió algunos sorbos, lentamente.

– Bueno, la verdad es que me pone en una situación incómoda, Naru. Como ya le dije, no tengo intenciones de pasarme ni ayudar a ningún bando y, por otra parte, tampoco quisiera morir aquí.

– Muy bien, como usted desee.

Con un movimiento rápido, Sapel extrajo una jeringa y la introdujo en el hombro del humano terrestre. Éste cayó en un profundo sueño.

 

 

Dos horas después, en el vestíbulo del hotel, Juan Alberto empezaba a despertar cuando apareció Curley, que venía a buscarlo.

– Lamento la demora, ¿se encuentra usted bien?

– Sí, sí. Gracias. Debo de haberme quedado dormido esperándolo. Tuvo algún contratiempo.

– Nada raro, cuestiones del trabajo. Aquí en Marte el tiempo no es igual que allá de donde usted viene. Pero vámonos ya, debo presentarle a mi superior, el señor Naru Sapel.

 por Sebastián Bekes

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