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Dormir en la lluvia

No va a parar en todo el día, lo dice cada una de las gotas que al caer se hunden en charcos formando globitos, burbujas, y, cuando eso pasa, la lluvia sigue.

Los charcos en la calle se ven desde la ventana. El grupo de ramas de una planta se agolpa pesado sobre la vereda y hay que agacharse para cruzar por debajo, su color y el de todos los árboles están enardecidos, golpeados por el agua; el aire mismo se puso verde y húmedo.

– Cuando la tormenta termine, voy a salir a buscarla.

El mal tiempo se estacionaría más allá de lo previsto, más allá también de lo imprevisto y al volver el nuevo sol, se la llevaría, la absorbería junto con el agua de los techos y no habría más ni un cómo, ni dónde, ni cuándo, para qué.

– Nada de todo aquello existe; nada de esto, tampoco.

Días que se movieron despacio, pesados como un barco de carga. Noches de siglo y medio, mañanas esquivas, un río en silencio y esa mano invisible, agarrada en el pecho.

 

Una noche comió temprano. En la heladera había encontrado dulces y salados que estaban allí de días atrás, quizás una semana, de un almuerzo de cumpleaños en el que ella también había estado. Empanadas de las que ella misma había dicho saber dónde las hacían y que eran las más ricas del mundo, era gracioso escucharla decir cosas así, ella era graciosa, gustaba de su sentido del humor. Comió dos y sólo por aquél comentario fue como si ella las hubiera hecho, al masticarlas la volvió sintió en los labios, en la lengua, en los dientes, en la garganta, en el estómago, en las tostadas de la mañana, en el café hasta el borde de la taza, en la sonrisa de cualquiera en cualquier cartel de venta de anteojos parecidos a los suyos comprados en una feria americana, cuadraditos, marrones, sobre su perfecta nariz.

Después de comer, al salir para cumplir su nuevo hábito de caminata nocturna por la ciudad, notó las calles vacías. El frío húmedo metía a la gente a sus cocinas, a sus livings, a sus habitaciones, todos tenían su lugar, su hogar. Eran casi las diez y ella estaría por salir de alguna clase con prisa por llegar a la casa, a ponerse ropa de cama, uno de los pijamas que enseguida toman el calor de su cuerpo, deseosa de caminar dentro, sonar el afelpado pisar de sus talones enfundados en un conejo de peluche, el leve arrastre en el mosaico, los once o doce, trece pasos que separan el comedor del cuarto, con algo para leer, alguna película detenida en la computadora, un pedacito de chocolate entre los dientes, apretado en los labios, asegurar las ventanas, escuchar el agua correr como con cascabeles en los tobillos niñas en la calle, golpear la chapa del techo, dormirse en la lluvia.

 

De noche, las calles se tornan profundas, la hilera de árboles y el aire y el agua moviéndose entre el follaje, parecieran ablandar el asfalto, volverlo trazado de tierra, mutar al natural. Sin el ruido metálico del día y su luz unánime, sin el movimiento de ciudad chica, las cuadras tienen otro carácter, retornan, de alguna manera, a su estado primigenio. La lluvia da tregua y él sale de su refugio en el umbral de una puerta. Sin importancia, sin pérdida, camina bajo las luces empañadas, como si flotara envuelto en la bruma. El cigarrillo en los dedos lo sitúa, lo ordena, y calienta con el humo el pecho cuando el frío da su estocada. La madrugada se desparrama y en ella él, arrojado al mundo, como si nada fuera, como si nada de lo que nació en la humedad de los párpados existiera, nada de la fiebre de libertad y la inspiración de un amor no mundano, nada queda, como si todo fuera soltándose, dejándose caer de los hombros y los brazos, de las manos y toda la piel; hojas que al otoño, una tormenta le arranca de las muelas.

 

Hernán Lasque

 

 

 

 

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