20 octubre, 2020
cuidarte es cuidarnos
Longchamps

Longchamps

Doce del mediodía. Llueve parejo. A la calle. Corriendo la escalera del subte. Combinación Retiro y de ahí el 152, por el bajo, República de La Boca y sin embargo Parque Lezama. Cortó la lluvia y dan ganas de caminar. Gente mojada, mucho paraguas, mucho piloto. Tres cuadras, no más, y de vuelta el agua. Baldazos. Quedo al amparo de la garita del 74, aparece de frente y para. Subo. Viajo. Media hora hasta Longchamps. Bajo en la cancha de Almirante Brown. La lluvia sigue cayendo. Un pool, barra, cocina y mesitas. Un tostado, una tres cuartos. Gloria de media borrachera del mediodía ya a la segunda botellita. Una hoja A4 doblada en dos sale del bolsillo. Un tacazo y salta una bocha al piso, la blanca.  Cae también la birome en el papel.

 

Agradezco al mozo tercera tres cuartos. No soy abstemio. Del tostado queda un triangulito, antártico ya, supra seco, frío y duro, lo como. Sigue lloviendo y debe haber a esta altura un montón de calles inundadas. Como ese cuento del temporal, ese temporal de madrugada. El borrego dormía y un relámpago explotaba en mitad de la noche como si cayeran barras de hierro en el pulmón de un edificio, esa resonancia, y lo sentaba en la cama. Había un perrito blanco que caminaba por la casa, la casa de su anciana abuela. El perrito iba y venía y se sentaba y se paraba mezclando gruñiditos con quejidos y llantitos de desconcierto. Todo en ito, chiquito, el perrito. Estaban en la casa: la madre, la abuela y el borrego; los tres, despiertos. El chiquito se asomaba a la ventana y veía los nubarrones pesados y rojos desplazarse como espesas aguas de un río aéreo e inabarcable. Así describía, el pibe: los rayos amenazaban la densidad de aquel cielo que de un momento a otro se abriría, se rajarían las nubes y volcarían sus aguas sobre la ciudad.  Que un segundo trueno trazó un relámpago tajeando de lado a lado las nubes –contó-, que se desgarró la panza y, minutos después, las aguas bordeaban los zaguanes, arrastraban bolsas y lamían los zócalos de los autos estacionados. Cortada la corriente eléctrica. Calor en la casa. Los árboles afuera se sacudían tanto que algunos se partían. Ramas enteras. Cada vez que un relámpago iluminaba la cuadra, desde la ventana podía ver cómo el agua trepaba rápidamente las paredes de las casas de  enfrente. La madre subía todo a las dos mesas que había en la casa, a la mesada, a las sillas montadas a su vez a las mesas, la cama, las alacenas, los roperos, que nada quedara en el piso. Él, en diez minutos, lo que veía a través del vidrio de la ventana era un río sacado. Los autos escollándose hacia un lado y hacia otro para terminar por derivarse contra un grupo de árboles en la esquina. Los truenos se acoplaban en un estruendo unísono. La casa se llovía y no a goteras, el agua entraba por la puerta del patio, la del frente y por debajo de la mesada brotaba. El borrego miraba la lluvia, navegar la enorme rama de un paraíso bajo el agua cayendo pesada, plateada, como cabellos del cielo, así veía. Adentro les alcanzaba ya a las rodillas. Alzó al perrito blanco y subió al techo. Lo siguieron abuela y madre. Una escalerita amurada a una pared en el patio. Sólo quedaba esperar a que el temporal terminase. Otros vecinos también estaban en sus techos. Un perro negro y grande ladraba a otro que no se veía pero se escuchaba en otro techo más allá. Se oían voces de chicos, entre excitados y asustados. Pero en general, silencio. Todos tapados con lonas y paraguas y techos improvisados. La madre fumaba dentro de una toalla, la abuela rezaba enredada en un rosario de piedras recuperado de la pared cabecera de su cama. Los primeros botes de vecinos solidarios ya navegaban con lucecitas de linterna; la voz de una mujer en un megáfono, replicaba la información de la radio, en las próximas horas llegaría la ayuda, que nadie se mueva de sus casas. La abuela se persigna por enésima vez. El pool tiene el paño verde lleno de tajos. La lluvia sigue cayendo, sobre un asfalto gris, aquí en Longchamps. 

 

Hernán Lasque

 

 

 

 Nos seguimos cuidando
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