No hay fin siempre hay más – Capítulo final

Sintió los gases burbujeantes de la cerveza subir por el cuello y eructó. Un olor a birra asqueroso. Por suerte no tenía a nadie al lado. Pilar estaba mamada, a los gritos, frente a las vías oxidadas de la costanera. Llevaba puesto un vestidito gris que se ajustaba perfectamente a las curvas y rincones de su cuerpo. Ella odiaba el vestidito, pero era el favorito de Martín a la hora de… Destapó el jarrón de mármol que contenía las cenizas del finado y, parada, a riesgo de perder la vida, sobre las vías del tren oxidadas, lo esparció por el río que, tormentoso, fluía por debajo. De pronto el cielo se puso negro, hubo refucilos en Salto y empezó a llover. Gotas finas, pero constantes. De las aguas emergió una masa amorfa, que rápidamente se descubrió, solo para los ojos de Pilar, como Martín. Pero si había muerto, ¿cómo podía ser? Es un milagro, pensó. Quiso abrazarlo, pero ya era demasiado. La figura de él la esquivó, difuminándose. La tormenta empezó a absorber las partículas que lo integraban. 

            —¿Qué pasa? ¿Al final era verdad eso de que la muerte acaba con el amor, con los sentimientos? —gritó Pilar, enloquecida. Había perdido por completo la cabeza. 

            Fue entonces cuando el ojo de Moro y el siberiano saltaron de las cuencas de Martín hacia el Mundo, escapando del Infierno, fugitivos, y la figura de lo que parecía, para Pilar, el cuerpo de Martín, se desvaneció por completo y cayó, nuevamente, en las profundidades del Infierno. Pilar se quedó llorando a moco tendido, contra un árbol frente a la rotonda del fatal accidente. 

            Amaneció. Los pájaros del monte chico, los perros, los gatos y las gallinas de la villa contigua a las vías del tren oxidadas, los caballos de un potrero cercano, un par de chanchos salvajes perdidos por ahí, empezaron a despertarse, haciendo ruido. El color amarillo comenzó a expandirse por toda la zona. De pronto Pilar estaba iluminada. Permanecía sentada, dura, ahora una tristeza silenciosa la mantenía hipnotizada. Ningún pensamiento pestañeaba en su cerebro, que parecía, de pronto, anulado. De los boliches esparcidos en la otra punta de la costanera llegaban murmullos, gritos y ruido a botellas rotas contra el asfalto, pero ella no escuchaba nada.  

            Mientras tanto, el ojo de Moro y el siberiano caminaban por los campos de la libertad, a sus anchas. Planeaban encontrar un perro y arrancarle los ojos.

Felipe Hourcade

FIN

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