No hay fin siempre hay más – Capítulo I

Jalo vuelve en bicicleta a la casa, después de pedalear treinta kilómetros, a la par que sus compañeros, en San Carlos. Sol llega antes que él, en su auto negro brillante, de alta gama, después de un caluroso y lento partido de tenis; entra y estaciona a la perfección, conoce de memoria las dimensiones del espacio. Al rato entra Jalo, desabrochándose el casco, transpirado, y olvida cerrar la puerta que comunica el garaje con la casa. Qué calor, dice mientras elonga, hicimos treinta kilómetros hoy. Después, agarra una botella de agua fría de la heladera y la baja de un trago. Sol está concentrada en la televisión. Qué podemos comer esta noche, le pregunta. No sé, cualquier cosa, algo con carne o pollo, dice él, me voy a pegar un baño. Moro, el perro, duerme en el sillón. Ella lo mira y le brillan los ojos.

Están juntos hace varios años, pero ahora planean casarse solo para hacer una fiesta y luego viajar a Bayahibe para la luna de miel. Jalo tiene cincuenta años y una hija de veinte. Sol tiene cuarenta y, como nunca tuvo una pareja estable, no tiene hijos. Él es musculoso, deportista. Trabaja en una oficina, pero se mantiene en forma. Come asados con sus amigos, con ellos habla de plata, de política sin saber, y le saca el cuero a gente que casi no conoce. Sol, en ese sentido, es diferente, prefiere no irse de boca ni juzgar. Es rubia y, aunque las arrugas comienzan a plagarle la cara, mantiene intacta la belleza de su juventud. Está en mitad de la vida, y la lleva bien conservada.

Después de tres años de convivencia, en una casa que compraron a medias, Jalo le regala un bulldog francés. El que ella quería, con el que ella había soñado. Tras varios descartes, Sol se decidió por el nombre Moro. El perro es negro, excepto en el centro del pecho, donde tiene una manchita blanca.

A Pilar la lleva en auto Martín, su novio ya declarado en la familia, después de haber merendado juntos en un café. Atraviesa el garaje y entra a la casa sin cerrar la puerta. Está apurada, nerviosa; algo le pasa, se da cuenta Sol mientras la observa de reojo, sin poder quitar del todo la vista de la televisión, ingiriendo tostadas con mermelada de arándanos, tranquila. El deporte tranquiliza. Pilar dejó las prácticas de hockey hace seis meses, piensa Sol, quizá sea eso. Apenas alcanza a decirle hola cuando, apresurada, se mete en su pieza. Evidentemente, concluye Sol, la chica tiene problemas con el novio.

Jalo se afeita en el baño, con una toalla blanca en los hombros. A los ojos firmes que se reflejan en el botiquín los enfrenta con una mirada imponente. Sol toma el último trago de té, las tostadas dejaron migas sobre el plato blanco; basta pasarle la mano, piensa. Los ojos concentrados en los ojos de otras personas que se proyectan a través de la televisión. Pilar se agarra de los pelos frente al espejo de su pieza; es un espejo de maquillaje que ilumina su cara por completo: bronceada, con lunares bien distribuidos y una nariz pequeña. Intenta mantener los ojos fijos sobre su rostro repetido, pero los nervios la impulsan a hacerlos revolotear.

Felipe Hourcade

Capítulo II

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