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Literatura

No hay fin siempre hay más – Capítulo II

no hay fin siempre hay más
"No hay fin siempre hay más", novela en entragas de Felipe Hourcade (Ilustración de Daniel Mendoza)

Dalia les rompió tanto las pelotas a sus padres que logró adoptar a la gata. Cada vez que paseaba con su familia por la peatonal, los sábados, ella veía a la gatita, en una jaula a veces, otras en brazos de ancianas o niños, y se acercaba para alzarla hasta que su padre, cansado, la tironeaba del brazo y le decía vamos a comer. Le daba besos, sentía el perfume de los felinos y su corazón daba un vuelco. La gata estaba sana y bien cuidada. Dalia no entendía por qué seguía en adopción, por qué nadie se la llevaba. Una gatita así, tricolor, con los ojos amarillos y brillantes, no se encuentra todos los días.

Después de tres semanas de insistencia, Dalia hartó por fin a sus padres y consiguió que le permitieran tener a la gata.

—Le voy a poner Chita —dijo, saltando de felicidad.

            —Si es que sigue estando cuando vamos —dijo el padre.

            —¡Te odio! ¡Maldito…! Vamos, ma, dejémoslo a este acá.

            —Hija, esa no es manera de tratar a tu papá —intervino la madre, y tomando a Dalia de los hombros le puso una campera y la mochila. Salieron de la casa y fueron hasta la peatonal. Dalia caminaba mucho más rápido que su madre, y no paraba de gritar de la emoción. Costaba mantenerla a raya, era realmente veloz, a pesar de sus pasitos cortos. Por un momento, en la calle del correo, la madre creyó perderla. Había mucha gente haciendo cola en la vereda. Dalia estaba del otro lado, mirando las revistas de un puesto de diarios. La agarró de la mano y le dijo no te vayas de al lado mío porque ahora empieza la peatonal y hay mucha gente.

            Para desgracia del padre, la gata tricolor y de ojos amarillos brillantes seguía estando en adopción. Dalia corrió hacia las jaulas, colándose entre las personas que las rodeaban, hasta dar con una de las chicas del refugio de animales. Yo la quiero, le dijo con emoción, agarrándola de la mano. ¿Estás sola? le preguntó la joven.

            —No —intervino la madre, y su cabeza se destacó entre el tumulto de gente hasta que, dando un paso hacia la única baldosa vacía, logró emerger del todo; salió despeinada, y con los anteojos mal puestos—. Está conmigo, es mi hija.

            —¡¡¡Chita!!! —gritó Dalia, en el summum de la felicidad.

            —¿Dónde tengo que firmar? —preguntó la madre. Ansiosa, porque la nena no se quedaba quieta y la gata empezaba a gritar; claro, pensó, por eso nadie quiere llevársela.

 

Le compraron un rascador que no usó porque prefirió las patas de las mesas y de las sillas, unas piedritas que fueron inútiles porque cagaba en el patio, alimento premium para gatos adultos cuyo rechazo repercutió en la mesa familiar con maullidos. La castraron para que se calmara, lo cual, por fortuna, sucedió. Pero, meses antes, cuando estuvo alzada, el padre de Delia la quería matar. Se despertaba a las cinco de la mañana. Su esposa dormía profundamente por el aceite que tomaba, la luna era un guiño en la oscuridad, recortada por la ventana, y la gata hacía un ruido insoportable, saltando de acá para allá sin dejar de maullar.

            Se imaginaba clavándole un cuchillo, el de la cocina, el de la carne, en el cuello, la sangre, cómo limpiarlo todo, qué excusa poner ante su hija, hasta que sus ojos se cerraban y, dándole la espalda a su esposa, se quedaba dormido.

 

Felipe Hourcade

 

Capítulo III

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