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Literatura

No hay fin siempre hay más – Capítulo V

no hay fin siempre hay más
"No hay fin siempre hay más", novela en entragas de Felipe Hourcade (Ilustración de Daniel Mendoza)

Moro se queda dormido en los brazos de la vieja. El mecánico de bigote blanco, sentado en el asiento del conductor, desarma el tablero. La nena, parada frente a la heladera, con la boca abierta chorreando saliva, quiere comerse todo; nunca había visto tanta comida junta. La gata sigue maullando, y los inflexibles tonos aumentan de a ratos. Martín, en el baño, acaba de introducir a su suegro en la bañera y deja que el agua le caiga no en la cabeza, como le aconsejó Pilar, sino en el pecho. Para eso, tuvo que recostarlo sobre uno de los bordes de la bañera e inclinar su cabeza hacia el costado, donde encajó perfectamente entre el grifo de abajo y los azulejos. No supo si sacarle el reloj. Quizá es a prueba de agua, pensó. Pero no lo parecía, de tan lujoso, así que acabó por quitárselo y, después de un momento de indecisión, dejarlo sobre el lavatorio de mármol. Sol, erguida por varios almohadones contra el respaldo de la cama, fuma un cigarrillo mentolado y completa sopas de letras, Pilar entra y, mirándola con los anteojos en la punta de la nariz, le dice:

             —¿Me podés explicar qué mierda está pasando en la casa? ¿Trajiste gente? ¿Tu padre dónde está? —gritó Sol, histérica, prendiendo otro cigarrillo con la colilla del anterior.

            —Pará un poco, está todo bien. Martín vino a ayudar, y en el camino se encontró con los dueños del gato. Por suerte, uno es mecánico y está intentando sacarlo. Papá está en el baño, se descompuso. Igual que vos. Veo que te recuperaste…

—¿Cómo que también se descompuso tu papá? ¿Habrán sido los canelones? Qué locura. Ya estoy mejor, un poco mareada nomás. Pero con la concentración se me pasa —dijo, volviendo a la sopa de letras—. ¿Y a vos, no te pasó nada?

            —No, estoy bien. Salvo que me estoy haciendo cargo de toda la locura que está pasando en el garaje mientras vos y papá se recuperan de la descompostura. Tendrían que ir al médico, me parece, a hacerse ver.

            —Yo creo que fue el vino, que estaba viejo. Bueno, hija, perdón, pero no me siento bien. Después te presto el auto para salir con tus amigas o con Tincho. Como recompensa, ¿te parece? —Sol era la única que le decía Tincho a Martín y eso le daba bronca. Pero eran las palabras que quería escuchar, así que esbozó una sonrisa, respondió que estaba bien y se marchó de la pieza dispuesta a echar a la vieja, al mecánico y a la nena lo más rápido posible. Estaba ansiosa por contarle a sus amigas que tendría el auto negro brillante, de alta gama, de su madre, a disposición. Para un día de estos. El jueves, tal vez. O mejor el fin de semana, para ir al bar y después al boliche del centro, a la peña.

 

—¡Es ella! —gritó la nena, tan fuerte que Jalo se despertó de su baño de ansiolíticos y vino tinto, tanto que Sol bajó la revistita de sopa de letras y bufó, que Moro se despertó y salió a olisquear los alrededores del auto, que la vieja se paró del sillón del living donde había estado cómodamente sentada con el perro, que Martín se alarmó porque era normal alarmarse en él por cualquier cosa, y que Pilar sintió la satisfacción de quitarse una mochila que pesa cien kilos.

            Mientras Jalo se vestía en el baño, lentamente, al ritmo de una resaca extraña por lo breve e intenso de la situación, Martín y Pilar salieron a despedir a la familia a la vereda. Por suerte, la gata era de la nena. Final feliz. Negaron el ofrecimiento de Martín de llevarlos hasta la casa, diciendo que vivían a la vuelta. Qué raro, dijo Pilar en voz alta, cuando la familia doblaba por la calle Garat, nunca los había visto.

 

A todo esto, Pilar no se olvidaba de que era viernes. Martín tampoco, aunque parecía embobado por lo que acababa de ver: a su suegro desnudo. Ella estaba emocionada por usar el auto negro brillante de su madre. Él, por acostarse con ella a la vuelta del boliche; era lo único que lo motivaba a salir de noche.

            —Estabas de asado con tus amigos cuando te escribí —dijo Pilar, mientras respondía al grupo de chat de sus amigas, todavía en la vereda—. Y ya pasaron como dos horas. ¿Querés quedarte a comer? Acá hay canelones. Hay que recalentarlos, pero están ricos…

            Martín, impávido, aceptó. Necesitaba calmar los nervios que lo poseían. Se había arrancado unos cuantos pelos de la cabeza, entre tanto y tanto, y tenía un manojo de mechones rubios en la mano. Algo que tampoco podía controlar era el bruxismo. Había estado peor que un boxeador durante dos horas, o quizá más. Se dio cuenta, mientras seguía el culo de su novia atravesando el garaje y después la puerta de la casa propiamente dicha, de que cuando estaba en el asado, entre medio del humo de los fasos y de la parrilla, con un vaso de Heineken en la mano, y le llegó el mensaje de Pilar, algo en él, en sus nervios, se torció. Una vez en el living, su cabeza se despejó del todo y pudo volver en sí. Arrojó los mechones de pelo en el tacho de basura, mientras Pilar entraba a la pieza de sus padres. Tomó un trago de agua y calmó el bruxismo. Que no venga, pensó, o me da un ataque de pánico. Pero no. Ella volvió sola y dijo están los dos en cama, les voy a llevar la comida allá. Puso a calentar los canelones y, mientras picaban galletitas de salvado con humus de garbanzo, Martín, tranquilo al fin, en la penumbra del comedor, penumbra generada a propósito por Pilar, se sentó a horcajadas en la silla de ella y la besó. Giró hacia la mesa. Llenó una cucharada de humus y se la puso en la boca. Le dio un beso con lengua y le pasó la bola de humus a Pilar, que la tragó sin asco.

 

Felipe Hourcade

 

 

 

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