No hay fin siempre hay más – Capítulo XII

Las reminiscencias de Martín. Segundos antes de la muerte, sucesivas instantáneas de una vida completa. La última conexión, encontrar el sentido, no encontrar nada, suspensión. El cuerpo de Martín, junto al auto, se desdobla. Dos Martines y cuatro autos. Uno de los Martines va a parar al Infierno, junto con el ojo y el auto que, en el viaje de cabeza por el pozo volcánico que conduce al reino de Satanás, se deshizo con el calor. El otro Martín va a parar, junto con el auto, y junto con el otro ojo, que para todo esto también había sido desdoblado contra las vías del tren que corta la costanera, que le da su fin. Primero, el auto se estrella contra el mástil de la rotonda, de costado, y el cuerpo de Martín se parte la frente contra el volante. De tan rápido que iba, al momento se muere. Luego, las ruedas giran hasta chocar con las vías de un tren en desuso, montadas sobre un terraplén. Al costado, montes pequeños, repletos de árboles y arbustos de distintas especies y generaciones. En el medio de la calle, una cantera, al final las vías. El auto choca contra ellas, es decir contra el terraplén, y un movimiento similar al que produce una tabla de skate al subir y bajar una rampa, desciende lentamente hasta su detención final. Es ese el Martín y el auto del Mundo, al que encuentran Pilar y el resto. El ojo del Mundo, vivo, se escapó a tiempo.

Segundos antes de la muerte, sucesivas instantáneas de una vida completa. En el monte pequeño de la izquierda, para el Martín del mundo, antes de perder la conciencia por completo, vio la luz del sol en un atardecer de nubes despejadas, y entre las hojas caídas y los junquillos una madre, la suya, amamantaba a un niño, él mismo. Encontró un solo problema en la imagen, tan bíblica, tan lumínica. El niño tenía quince años, apenas acababa de emborracharse por primera vez y, acostado con la madre, soltera desde siempre, después de haber vomitado, se confunde, mareado del pedo que persiste, y le chupa la teta a la madre pensando que es su novia. La misma imagen, que durante tanto tiempo lo había atormentado, lo siguió atormentando hasta los últimos segundos de su vida. El mito de origen es lo primero, después sobreviene una catarata ininterrumpida de visiones precedentes.

Curiosamente, todas ellas conectadas por el hilo rojo de las relaciones sexuales.

La primera vez. Trece años. Con Florencia, la chica del colegio que gustaba de él, cuatro años mayor. No existen, todavía, los celulares. El colegio es gris y se resquebraja, de a poco, por los rincones. Pequeñas grietas que prometen expandirse hasta derrumbar la vieja construcción. Cierta mañana, encuentra sobre su banco una carta de Florencia. Ya se habían visto unas cuantas veces. Él la acompañaba, a la salida de la escuela, hasta su casa. Todos los días desde hacía dos semanas. Nos vemos en el baño de mujeres del patio interno, en el último recreo decía la nota. Besito, Flor la firma, acompañada por el sello en lápiz labial de un beso. La pija sucia de semen en la boca pintada de rojo, el baño del patio interno custodiado por las amigas de Florencia, fumando en las cuatro esquinas que lo conforman, vigilantes.

La sucesión de instantáneas es fugaz como los sueños.

La primera novia. Ariana, la rockera que conoció en un boliche de cumbia. El boliche aparece escondido entre matorrales, crecen árboles en el centro de la pista, resquebrajándola, mientras él conversa con Ariana, a quien acaba de conocer, en la barra.

Los dos tienen el pelo largo y teñido de rubio. Ella, varios piercings en las orejas y uno en la nariz, tatuada hasta la coronilla. Él, sin agujeros ni tatuajes, se luce por su camisa blanca abierta en el medio y la cadena de oro que refulge con un dije redondo que dice PR. El Indio Solari en el galpón de Costa Chaval cantando mi vieja crió un idiota/ de corazón lunático. Él y Ariana abrazados, re locos y borrachos. Llega un tema conmovedor, que les encanta. Blues de la libertad. El Indio se arrodilla y canta desde abajo, mientras en un plano apenas superior los demás músicos elevan los sonidos de sus instrumentos desde el susurro seductor hasta la explosión armoniosa y clarificadora. Siempre igual/ todo igual/ todo lo mismo.

Dura lo que dura un gesto en el lenguaje fugitivo de los sueños.

La segunda y última novia. Pilar, joven modelo del pueblo. Reconocida a nivel provincial, pero no así a nivel nacional. Él hacía tiempo acostumbraba asistir a cada presentación de modelaje que había en el pueblo. Casi siempre, se hacían en el Club Progreso o en el Jockey Club. Se llenaba de viejos babosos y viejas atorrantas con plata. La tenía fichada desde hacía tiempo. Solo esperaba el momento de encontrarla sola, antes del final, para invitarla a tomar champagne en su departamento. El momento llegó. Las copas limpias impolutas sobre el mantel blanco de la mesita del living. Él destapa la botella con suavidad. Ella sigue vestida como una reina, con el mismo vestido blanco y las joyas azules brillantes con las que desfiló. Beben hasta el final. En ese entonces, él ya le hacía al alcohol sin asco. Cuando terminan, se van a la cama. Las sábanas negras terminan manchadas de semen; lamparones blancos que, junto con el vestido de ella tirado sobre una silla, brillan en la oscuridad de la pieza. Un auto persiguiéndolo mientras sale disparado de la casa de Pilar, mientras baja al kiosco a comprar latitas de cerveza, mientras da vueltas en el auto, mientras baja a comprar más latitas, un auto que se detiene antes que él atraviese la cortina blanca perlada y se desdoble antes de caer al Infierno.

Un auto negro brillante del que baja una rubia, Pilar, que se agarra de los pelos cuando El Martín y el auto del Mundo chocan contra el mástil de la rotonda y continúan viaje hasta el final de la costanera, las vías. Pilar, por efecto de la muerte, que siempre se presenta, en forma de presentimiento, antes del momento final, no podía ver la cortina perlada ni el agujero negro que se le presentaban a Martín, justo antes del desdoblamiento y de la sucesión de imágenes. Esas imágenes correspondían no al Martín y al auto del Mundo, sino al Martín y al auto del Infierno, pero el rastro de lo que podría denominarse un recuerdo se pierde en la marejada que lo chupa al agujero negro, imposible de ubicarlo, quizá en la consumación del acto mismo del desdoblamiento, justo cuando esa acción se produce.

Felipe Hourcade

Capítulo XIII

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