“Así sucede en Rundevoll” – episodio 13

              Viene al caso aclarar que no emprendí la odisea de conocerme a mí mismo con ninguno de los que podemos llamar métodos tradicionales. No recurrí a meditaciones ni a terapia alguna. Tampoco conferencias ni libros que pregonan una verdad absoluta al alcance de cualquiera que pueda y esté dispuesto a pagar un módico precio. No, los métodos de esta ciudad son mucho menos ortodoxos.

              Paseaba yo, un día cualquiera, con las manos en los bolsillos. El sol aún resplandecía y me obligaba a bajar constantemente la vista para descansar la mirada. Normalmente uno cuando camina tiene tiempo para pensar, imaginar, pero yo ya casi que me había acostumbrado a ser, y la tarea de reflexionar sobre mi existencia me tenía sin cuidado. En lugar de mirar en mi interior, levantaba la cabeza para mirar a los demás, y fue así que me sorprendí a mí mismo caminando por la vereda paralela. Iba con la cabeza gacha, con un andar sombrío, y parecía triste. Iba vestido modestamente, casi descuidado. Me seguí con la mirada unos momentos pues estaba sorprendido de verme tan desalineado en todo sentido. No sé en qué momento crucé y comencé a perseguirme, hasta que logré acercarme a mí lo suficiente. Llegado un punto, no pude contener más mi disgusto hacia mí mismo, estaba indignado. ¡Cómo podía ser que anduviera por la calle con esa cara! Me acerqué al pobre hombre y comenzamos a conversar.

              En el banco de una plaza charlamos largo y tendido, sin ignorar el hecho de que éramos la misma sustancia, pero sin cometer el improperio de mencionarlo. Eso sí, creí necesario efectuar mi reclamo y pedirme por favor que cambiara esa cara, que planche mi ropa y vaya más presentable. Yo hice un gesto como de aceptación, pero con desgano, y me marché caminando en dirección contraria a mí, ante mi mirada atenta que me seguía entre la gente.

              Me seguí viendo, con cierta frecuencia. Casi puedo decir que formé una amistad con este doble que por casualidad me encontré una vez en la calle. Juntos nos potenciamos: mi tristeza fue extinguiéndose, y pasaba horas riéndome conmigo. Contábamos todo el tiempo historias que ya conocíamos por haberlas vivido antes, y recordábamos a esas mujeres de las que alguna vez nos enamoramos. Las profundas charlas y la amistad que surgió de ellas me revelaron qué tan poco me conocía a mí mismo, y cuánto pude llegar a conocerme en ese tiempo.

              Un día, aparecí distinto a lo normal. Habíamos pactado encontrarnos en el bar de siempre, pero esta vez mi doble no vino solo: aparecí por la puerta acompañado de una dama. Sutilmente, con una sonrisa en el rostro, me dije que había encontrado el amor doblando en una esquina. Pregunté cómo era eso posible, a lo que me encogí de hombros y me respondí «Es la ciudad». La señorita, mi joven novia, tomó la palabra y me explicó que, en alguna esquina, su doble me está buscando. Los dejé ir riendo, porque cuando el amor llega es inútil preguntarse por qué: simplemente hay que vivirlo.

              En cuanto a mí, sé que seguiré su consejo, y tomaré cartas en el asunto para encontrar a la novia que me espera en algún lado. Quizá algún día podamos llegar a salir los cuatro, yo con ella y ella conmigo.

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 14

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