“Así sucede en Rundevoll” – episodio 15

              Fue un pequeño detalle el que me hizo pensar en que Rundevoll no acaba en los límites de su propia insanidad. Un día en el que el sol era particularmente fuerte, su resplandor que parecía nacer de entre los árboles y las casas se encontraba con mis ojos produciendo cierta ceguera e incomodidad. Calor, también producía calor, y tuve la idea de refugiarme tras la sombra del tronco de un gran y hermoso árbol, con muchas ramas sin hojas. Desde allí contemplé el panorama, y me di cuenta de que todas las cosas que el sol alcanzaba con su brillo producían su respectiva sombra. Eso me llevó a pensar lo siguiente: la magia y los fantasmas de esta ciudad son el brillo, pero a las sombras de esta locura debe haber algo más, oculto: un opuesto. Suponiendo que la locura de esta ciudad no es infinita, sino que posee límites, entonces debe limitar con algo, y eso significa que la realidad de Rundevoll entonces no es la única que existe.

              Todo esto tomó un sentido especial en el momento en que vi pasar al mendigo con su andar andrajoso frente a mí. Él, haciendo caso omiso a mi presencia, siguió hasta doblar en la esquina. Seguí su mismo rumbo, no porque quisiera perseguirlo, sino porque esa era también mi ruta. Sin embargo, me sorprendí cuando el hombre (seguramente pensando que nadie lo estaba viendo) levantó del pavimento la tapa de la alcantarilla y hacia allí bajó, devorado literalmente por las calles. Ya acostumbrado a las decisiones drásticas que aquí abundan, resolví seguir al mendigo por los desagües.

              Debí caminar no menos de veinte minutos por la selva subterránea, pisando con cuidado y avanzando lentamente, hasta que me encontré no sólo al hombre que iba siguiendo, sino a muchos más. Reconocí a algunos: uno pedía limosna a unas cuadras de una plaza que yo frecuentaba. Otros tres dormían juntos en el muelle. Eran, en fin, los mendigos de la ciudad, pero no se comportaban como tal. Estaban leyendo, debatiendo preocupados, y más preocupados aún se mostraron al verse descubiertos por mí. Ante su sorpresa, desde el fondo surgió el hombre que yo vi entrar a las alcantarillas y les dijo: «Está bien, yo dejé que me siguiera hasta aquí. Él no es de la ciudad». Al escuchar esto, naturalmente pedí explicaciones, a lo que me dijeron que eran desertores, infiltrados. Luego, recordando todo esto, comprendí que ellos eran ese lado oscuro de Rundevoll. Estaban en contra de la magia, de las maravillas, de dejarse hipnotizar por los espejismos que la ciudad ofrecía. «Porque no son más que eso. Espejismos.» me dijo el que parecía ser el cabecilla de la pequeña sociedad. «Como te habrás dado cuenta» prosiguió, «este no es un lugar como cualquier otro. Pero esto no es por la magia, sino porque dentro de esta porción de espacio se encuentra escondida una tierra prometida que la ciudad no quiere revelar ante los ojos de sus habitantes». Estos hombres, que para salir a la ciudad y engañarla iban disfrazados de pobres y limosneros, más allá de que lo fueran en realidad, estaban convencidos de la existencia de un paraíso llamado por ellos “la Ciudad Blanca”. Esta tierra se encontraba escondida en algún lado, y la magia de Rundevoll no servía para otra cosa que para distraer a “los de arriba” con vanas historias de amor, sueños extraños y trucos baratos.

              El tiempo que estuve allí pude ver también un pequeño juicio que le practicaron a un pobre vasallo que había seguido una pista falsa buscando el paraíso y se había chocado con la nada al final del camino, habiendo ilusionado a todos mientras buscaba. El rey deliberaba si había cometido traición y si había que arrojarlo a la superficie, a vivir en el oasis con el resto de los hombres, pero el pobre vasallo juraba por su vida que su actuar no fue motivado por traición alguna. «Le juro, Señor, que estaba convencido de que seguía la pista correcta. Hasta el momento de perderme pensaba que iba por buen sendero, pero no fue así.» Y así habló, realmente arrepentido, clamando perdón por el daño que hizo a la comunidad. Nunca supe como terminó ese asunto, puesto que me despedí prometiendo informar sobre cualquier pista de la Ciudad Blanca que encontrase en la superficie. Algunas noches me acuesto pensando en ello, y deseando que el rey le haya comprendido y otorgado una segunda oportunidad. Después de todo, hasta el más débil merece una. 

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 16

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