“Así sucede en Rundevoll” – episodio 16

              Recuerdo una vez en que me senté a reflexionar sobre la naturaleza de los prodigios y maravillas que veía producirse a mi alrededor. Al principio los miraba celosamente, pensando en que estos no eran más que ilusiones producto de viles engaños provenientes de alguna divinidad o ente superior que hacía uso a placer de nosotros para su entretenimiento. Acabé por descartar esta idea por lo incoherente en la medida en que me di cuenta de que, aunque en Rundevoll la realidad pierde la fuerza que designa su nombre y se asimila más a una gran mentira, en realidad la verdad siempre acaba por revelarse a una mínima porción del todo. Y esto es algo que no ocurre en el resto de las ciudades, donde los trucos y engaños carecen de magia pero la verdad  no llega a transparentarse nunca.

              Hubo un día en que, recorriendo las calles de mi ciudad, oí primero un gran murmullo que fue creciendo hasta que fueron distinguibles gritos de dolor, de llanto y algunos incluso de júbilo. Por una calle se aproximaba una procesión fúnebre. Mucha gente marchaba llorando y elevando oraciones, todos con el retrato o algún recuerdo de un hombre más bien anciano, que presumí era el fallecido. Cerca de donde estaba yo habían frenado la marcha para dar paso a espontáneos y desgarradores discursos acerca del homenajeado, y allí supe que lo recordaban en el décimo aniversario de su partida.

              Lo loaban como a un dios. No había elogio que no cupiera en la humanidad de este hombre que fue llamado, entre otras cosas, “héroe” o “prócer”. Me sorprendí de la altísima estima que todos le tenían, tanto que me fue necesario acercarme a un retirado para preguntar de quién se trataba. «Era mi padre», dijo. Le di mi pésame, pero apoyándome en la certeza de que había sido un gran hombre, mas sin mucho suspenso me contradijo: «no fue una gran persona, pero acaso sí un gran escritor.  En el ocaso de su vida se dio cuenta de que nadie lo quería, y con razón: había sido un ladino y un aprovechado toda su vida, y ahora se estaba muriendo. Consciente de no poder volver el tiempo atrás, dedicó todos los días con sus noches a escribir (reescribir) su vida en unas memorias, donde plasmó sólo grandes mentiras: dijo haber ayudado gente que nunca ayudó, haber visitado enfermos que nunca visitó; dijo haber defendido a la patria en el Ejército cuando nunca estuvo ni cerca de servir, y llegó incluso a adjudicarse la autoría de canciones, poemas y cuentos sin autor, es decir, de dominio popular. Así se hizo omnipresente: en su libro él era padre y hermano de todos en la ciudad, a todos había beneficiado al menos una vez. Escribió tres tomos de mil páginas exactas cada uno, y al tercer día de haber terminado, murió. Se fue de este mundo sin nadie que lo despidiese o lo extrañase, pero su esquiva biografía comenzó a circular poco después. Luego, el imaginario colectivo hizo el resto del trabajo. Muchos se confundieron, algunos lo negaron y lo juzgaron como lo que era: una mentira, pero acabaron por ser arrastrados por la ola de todos aquellos que se creyeron al pie de la letra lo que el viejo había escrito, y para los habitantes de Rundevoll todos los caminos conducirían de una forma u otra a la adoración de este caudillo que supo inventarse a sí mismo.»

              Luego de esto pensé que ya sea en la vida o en la muerte, con acciones o con palabras, Rundevoll siempre da revancha. No pude pensar más porque me aturdía el llanto de una mujer que añoraba al hombre que la había cuidado de pequeña tras morir su madre, y lloraba tan inmiscuida en esa mentira que olvidaba que su madre se encontraba viva y llorando a su profesor de la infancia justo al lado de ella.

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 17

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