“Así sucede en Rundevoll” – episodio 17

              No existe en Rundevoll oficio más controversial e increíble que el oficio de poeta. Para nada esta es una tarea librada al azar ni asociada meramente a la fluctuante cultura, sino que tanto la ciudad como sus habitantes saben darle una importancia que algunos incluso llegan a juzgar desmesurada.  Cierto es que las ocupaciones en general tienen especial relevancia en la vida de los ciudadanos, quienes al sentirse útiles y funcionales a partir de la tarea que ejercen en la sociedad, inflan en pecho con compadrería y orgullo al decir que son panaderos, mozos o gráficos. Sin embargo, el ser lírico agrega una cuota de delirio de la que carecen otros quehaceres. Aunque algunos digan que ser poeta es lo mismo que ser genio, y otros que ser idiota, he aquí que registro en mi cuaderno algunas de las particularidades de ser poeta en Rundevoll.

              Para empezar, los poetas gozan del beneficio de tener un sindicato propio donde algunos trajeados burócratas, generalmente de doble apellido y ancho nudo de corbata, atienden las necesidades de los rimadores menos afortunados. Estos exigen, por ejemplo y acorde a las necesidades de cada uno, un precio mínimo a pagar por cada copla vendida. También, a pesar de que estos administrativos difícilmente hayan escrito un verso en sus vidas, algunos se ocupan de conseguir ideas, temáticas, rimas e incluso estrofas enteras para ayudar a los poetas que acuden alegando crisis de inspiración o algún que otro vacío existencial. Es verdad que ha habido casos de autores que han acudido a esta ayuda más por pereza que por verdaderos problemas para escribir, pero son los mismos que dicen que el arte no es otra cosa que el engaño de los sentidos, por lo cual se encuentran lejos de sentir culpa por engañar a los burócratas o a sus catorce lectores.

              Algo que todo el mundo en Rundevoll tiene muy en claro es que ser poeta es una ocupación de tiempo completo. No se es poeta solamente cuando se escribe, cuando se vende o cuando se recita, sino que es una actividad que se ejerce durante cada minuto de la existencia. Es por este motivo que en la cotidianeidad de la ciudad encontramos a estos personajes persiguiendo a los gritos a mujeres hermosas por las calles, comparando con impertinencia sus ojos con esmeraldas o su voz con dulces melodías. No es extraño encontrarse, por ejemplo, a alguno de estos trovadores tendido sobre el suelo llorando al ver las primeras flores de la primavera o al ver la lluvia caer del cielo. En resumidas palabras, todo para los poetas es motivo para llevar sus sentimientos hasta la más morbosa exageración, haciendo sentir incómodos a sus circundantes y jugando todo el tiempo a convertir las situaciones más mundanas y banales en versos tristes y en llanto.

              También entre los mismos poetas no paran de haber confrontaciones y peleas. Esto resulta casi lógico, puesto que cada cual tiene su forma y concepto para retratar la belleza del mundo. Al estar estos individuos tan acostumbrados a ensalzar todo aquello que sale de su boca o de su pluma, y a la vez al ser tan propensos a despreciar todo lo que sea diferente, más de una vez ha ocurrido que una conversación termina en una riña por discutir acerca del uso y abuso de la metáfora o de si es necesario o no utilizar encabalgamiento para que la poesía sea considerada como tal.

              Me ha tocado a mí presenciar un pleito un día, aunque en mucha menor medida. Me encontraba en un bar donde ya me había llamado la atención un joven que estaba sentado solo, escribiendo un poema. A esto, vi cómo se le acercó un hombre de vasta presencia que dio un grito de júbilo al ver que nacía un poeta más en la ciudad. Excitado, el hombre le rogó que le mostrara sus escritos, pero ante el desinterés y la indiferencia del joven, el hombre le reprochó: «pero, ¡son todos poemas de amor!». El muchacho le contestó que jamás había leído uno que no lo fuera. Sin embargo, el poeta mayor le hablaba de sí mismo y de otros grandes autores que le escribían a su patria, al valor, a la guerra y a otros temas universales. Yo miraba intrigado cuando al fin el hombre preguntó: «¿qué tan lejos piensas llegar si sólo le escribes a una mujer?». «Quizás la conquiste», dijo el joven poeta. Y al fin aquel hombre no supo que contestar.

 

por Juan Zimmermann

 

“Así sucede en Rundevoll” – episodio 18

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