No hay fin siempre hay más – Capítulo XVI

En el Infierno, después de charlar con varios seres de su misma condición, el ojo de Moro tramó una emergencia posible hacia el Mundo. Mientras que los muertos, humanos, se paseaban como autómatas entre las brasas del Infierno, babeando y con los brazos extendidos de forma horizontal, la extraña e imperceptible subespecie de ojos saltaba de cuenca en cuenca. O de hombro en hombro. Siempre en búsqueda de conversación. Ante el aburrimiento, ante la nada (porque eso era el Infierno, un desierto de fuegos y lava), mejor hablar, decir cualquier cosa, lo primero que se le ocurra a uno. El ojo de Moro, entre chisme y chisme, encontró la salida hacia la superficie, el Mundo, la realidad. El regreso a la vida, por fin. Nada más que a una dimensión de distancia.

El ojo de un perro decapitado que había logrado escapar antes del entierro del cuerpo, le confió al ojo de Moro cómo tenía que hacer para salir de ahí. Después de tres horas de conversación, el siberiano, gesticulando exageradamente durante todo el rato, concluyó diciendo en fin, ya ves, no es tan difícil.

—Entonces, si no es tan difícil, ¿por qué todavía no te fuiste? —respondió el ojo de Moro, aguantándose la risa. No podía creer que el otro fuera tan estúpido.

—No tendría sentido —dijo el siberiano, de pronto triste—. El cuerpo y el espíritu de mi dueño… bueno, entenderás, ya fueron incinerados hace tiempo. O como le dicen acá, aunque esto creo solo concierne al espíritu, “migrado”.

—Muerto el perro, muerta la rabia —exclamó el ojo de Moro, echándose a reír, agarrándose con las manos debajo de la pupila, donde se supone estaría su vientre. Pero no había caso, por más gracia que le metiera al asunto, su reciente amigo no salía del estado angustioso, horrible de ver, en que se encontraba.

Siberiano enrojeció hasta que una lágrima gorda, una sola, brotó desde el centro de su pupila. Lloró despacio, como si tuviera vergüenza, esa única lágrima. Al ojo de Moro le dio lástima, y también un poco de vergüenza ajena. Las bocas que pasaban montadas en las caras de los humanos autómatas, en el Infierno, se le reían por lo ridículo de su amigo. Decidió ignorarlas, apoyar al compañero que sufría una crisis. Pensó en cómo hacerlo, en cómo, de alguna forma, devolverle el favor por la explicación, pero también en cómo hacer para alegrarlo.

—Quedate tranquilo —le dijo, palmeándole la espalda—. Ya va a pasar… Todo va a estar bien. Relajate y vas a ver.

—¡Imbécil! —gritó el siberiano—. ¿No sabías que eso es lo peor que se le puede decir a un ojo depresivo como yo?

El ojo de Moro quedó descolocado. ¿Depresión? ¿Depresivo? Él no sabía nada de eso. Ni idea tenía. ¿De qué se trataba todo aquello? ¿Otra forma para escapar del Infierno, quizá, traducida por el siberiano a través de un mensaje encriptado? Podría decirse que su vida había empezado recién ahora, después del accidente de Moro, que seguía vivo; mientras que el perro siberiano, decapitado, había muerto…

—¿Hace cuánto que murió tu dueño? —preguntó el ojo de Moro, y se sintió inteligente, sagaz.

—Hace setenta años.

—¡Setenta años! Y todavía te seguís sintiendo mal por él…

—Sí. Le dicen Estrés Pos Traumático —contestó el siberiano, y de su pupila aureolada de celeste emergió otra lágrima gorda.

No es fácil salir del Infierno. Para nada. Menos después de tres mil años de construcción llevados a cabo por las descalabradas manos de la cultura. Satanás detesta que sus súbditos desobedezcan las leyes que imparte. Pero, como todo diablo, se va de boca y olvida lo que dijo, qué cosa dictaminó como ley. Así, con un rey olvidadizo, la difícil escapatoria, tan de repente, se facilita divinamente. Aunque solo para esta especie de seres vivientes, los ojos, y no así para los humanos, cuya escapatoria es directamente imposible. Los límites del Infierno no dejan salir a los espíritus que se alojan en los cuerpos de los humanos, que pasean como zombis destartalados.

Felipe Hourcade

Capítulo XVII

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